martes, 22 de julio de 2014

La habitación del mediodía



Es una habitación y al mismo tiempo un desierto. Las paredes desnudas se alzan lejanas y brumosas en el horizonte. Alrededor nada más que arena, montículo, interminable en todas las direcciones. Arriba en el cenit cuelga un sol candente, ¿o es una lámpara con una pantalla de esmalte azulado? La deslumbrante luz mata todos los colores, deja sólo superficies blancas y sombras negras: el esqueleto de la luz, cegador, insoportable, mortífero, el maligno brillo de un aparato de soldar cósmico.

La habitación tiene dos puertas gigantescas, colocadas en la incandescencia azul del cielo, una al Norte y otra al Sur sobre el horizonte tembloroso.

De la puerta septentrional, una huella serpenteante de pequeños cráteres de arena conduce hacia el desierto. Allí avanza un hombre pequeño como una hormiga. A cada paso se hunde hasta los tobillos, se tambalea, rema con los brazos.

Es el novio.

Su rostro está quemado por el sol, la piel resquebrajada y llena de ampollas, los labios blancos de saliva seca. Pelo incoloro, pálido, rodea su cabeza revuelto y tieso como si fueses de paja. Sus gafas, que se resbalan constantemente por la nariz sudorosa, las empuja una y otra vez a su sitio con sorda paciencia. En la mano izquierda balancea un viejo sombrero de copa abollado. El chaqué de la boda que lleva puesto quizás le sentaba bien en otros tiempos, pero ahora le está demasiado grande, los faldones le cuelgan hasta los talones. La tela está raída y se deshace por algunas partes. La camisa se ha salido del pantalón, pues éste también está demasiado amplio y tiene que subírselo a cada tres pasos. Un pie va metido en un zapato de charol cuya suela se desprende, el otro pie va envuelto en un pañuelo sucio para protegerle al menos un poco de la arena abrasadora.

Unos veinte metros por delante de este hombre marcha otro, un funcionario quizás: ropa extremadamente correcta, traje oscuro, sombrero oscuro, carpeta en una mano, en la otra un paraguas tersamente enrollado. Su rostro es un poco pálido y no tiene ningún rasgo distintivo, está como borrado.

La distancia entre ambos caminantes aumenta lenta pero constantemente. El novio se apresura, jadea luchando por respirar, se cae, se levanta, sigue su marcha dando tumbos, vuelve a caerse.

-¡Oiga, por favor!- grita, y su voz suena aguda y agotada como la de una vieja-
¡Espéreme! Quisiera preguntarle una cosa.

El hombre sin rostro ha oído perfectamente la llamada, pero sigue caminando un buen trecho todavía, antes de detenerse y volverse suspirando como si se tratase de los lloriqueos de un niño maleducado que trata por enésima vez de retenerle con algún pretexto. Apoyado con desgana en su paraguas, contempla cómo el novio trepa penosamente la duna sobre la que él se encuentra.

-¡Haga el favor de darse prisa! -dice con frialdad-. ¿Qué quiere ahora?
-Dígame - jadea el novio pensando visiblemente lo que quería preguntar en realidad-, dígame, por favor, ¿queda mucho todavía?

Al hablar se despegan sus labios hinchados con dificultad.

-Nada más que unos pasos -contesta el otro, tan correcto como antes-, hasta aquella puerta.

Al mismo tiempo señala con el paraguas la puerta al sur. Hace ademán de volverse para seguir caminando, pero el novio le sujeta.

-Perdone -logra articular con esfuerzo-, ¿a dónde, en este momento lo he olvidado,
a dónde vamos en realidad?

-A reunirnos con su novia, señor mío -explica el otro y se nota que ya ha tenido que dar esa respuesta a menudo. Recalca cada sílaba y habla en voz alta como si se dirigiese a un sordo o a un tonto-. Le llevo a la habitación de su novia.

El novio le mira un rato fijamente con la boca abierta, luego se da con la mano en la frente y se ríe precipitadamente, como si quisiera disculparse. Esboza una sonrisa mientras dice:

-Cuando hayamos llegado a su casa todo estará en orden, ¿verdad? ¿No me pondrá peros, sólo porque ya no estoy tan bien vestido? Es todo por ella, supongo que lo comprenderá. Lo que he padecido la convencerá del amor que siento por ella. Me creerá, de eso estoy seguro. Me recibirá con los, brazos abiertos.

-Cuando hayamos llegado a su casa -constata el otro objetivamente.
-Claro, claro -murmura el novio-, será pronto, muy pronto. Por eso he escogido el camino directo desde aquella puerta de allí atrás a esta puerta de ahí delante. El camino directo es el más corto, ¿verdad? Eso lo saben hasta los niños.
-No -dice el otro, inexpresivo-, no en la habitación del mediodía. Se lo dije desde el principio, pero usted no quería creerlo. Cualquier rodeo hubiese sido más corto. Usted ni siquiera me escuchó. Y ahora es demasiado tarde. Ya hemos ido demasiado lejos.

El novio pasa por los labios agrietados una lengua seca como la yesca.

-Entonces podré hacer con ella lo que quiera -susurra-, tendrá que tolerarlo todo sin protestar. Después de todo, es mi novia. Pero yo no lo haré. No le haré nada malo, ¿comprende lo que quiero decir? Ella es muy bella y joven. Completamente inocente, ¿sabe? En todo caso seré cariñoso con ella, delicado y discreto. Que yo haya tomado el camino directo no significa que la quiera coger por sorpresa. Le daré tiempo.

El acompañante guarda silencio y contempla desinteresado el horizonte. El novio mira un rato fijamente su dedo gordo que sobresale del zapato de charol, luego pregunta de pronto, desconfiado:

-Es bella y joven mi novia, ¿verdad? Quiero decir… lo sigue siendo, ¿no? ¡Por favor, diga su opinión con toda sinceridad!
-Sobre eso no tengo ninguna opinión -responde el hombre sin rostro.

El novio se frota la frente.

-Sí, sí, ya sé. Sólo que... hace ya tanto tiempo de todo. Apenas sé cómo era. A decir verdad, ya no conozco a esa persona. Una muchacha desconocida cualquiera.
¿Cómo se llamaba? Dios mío, llevamos ya tanto tiempo en camino.
-Venimos de aquella puerta -dice la voz fría- y nos dirigimos a aquélla. Eso es todo.
-No lo entiendo -confiesa el novio-, sencillamente no entiendo que esté tan lejos.
-Usted no lo comprende -repite el otro dando media vuelta para irse-, pero su novia está esperando. ¡Venga!

El novio le agarra una vez más de la manga.

-¿Cómo lo sabe? Quizás hace tiempo que no espera ya. O no ha esperado nunca. Podrían haber surgido problemas. Entonces habría asumido en vano toda esta carga. Haría el ridículo.
-Eso -responde la voz seca- ya lo verá cuando pase por esa puerta que tiene delante.
-Esa puerta -susurra el novio- es inalcanzable, siempre queda delante de nosotros, siempre igual de lejos... Eso es un espejismo, no una puerta.
-¡Tonterías! -dice el otro sin sonreír-. Un espejismo aparece y desaparece. Pero esa puerta estaba ahí desde el principio y ha permanecido en su sitio, sin cambiar en absoluto.
El novio asiente.
-Sí, sin cambiar... desde entonces, cuando me puse en camino, cuando aún era joven.
-Así que no es ningún espejismo -responde el acompañante en tono categórico, echando a andar.

Durante largo tiempo los dos hombres caminan uno al lado del otro, pero poco a poco vuelve a producirse entre ellos la distancia que va en aumento. De nuevo grita el novio y de nuevo el hombre correctamente vestido se detiene al cabo de un rato y le espera apoyado en el paraguas. El novio se deteriora por momentos, su ropa cuelga ahora en andrajos de su cuerpo, también parece haberse vuelto más pequeño y más viejo.

-Entonces -balbucea ahogadamente, haciendo un movimiento incierto en dirección a la puerta septentrional con el sombrero de copa del que sólo queda el ala-, entonces aún estaba fuerte, ¿recuerda? Entonces era yo quien caminaba por delante, no usted, ¿se acuerda?
-A veces -puntualiza el otro-, muy pocas.

El novio sacude tercamente la cabeza.

-No, no. Usted apenas podía dominarme, le costaba trabajo guardar el paso conmigo. Entonces era yo más joven que usted, querido amigo. Mucho más joven y más fuerte. Era un joven imponente.
-Yo -contesta el acompañante- sigo teniendo la misma edad.

El novio se quita con la mano el polvo de la cara arrugada.

-Recuerdo -susurra- que cuando salimos por la puerta estaba sentada en el suelo una mujer viejísima, diminuta, como resecada por el sol. No llevaba sobre el cuerpo más que algunos jirones de telas de araña. Quizás era el resto de su velo de novia. ¡Pobre vieja! Sentí asco de sus pechos lacios que estaban delgados y vacíos como pliegues rugosos. ¡Pero la mirada con que me miró! He tenido que pensar a menudo en ella. Tenía los ojos medio ciegos, hundidos. Y me tendió la mano en la que sujetaba un par de tallos de rosa secos. La mirada me recordaba algo o alguien. Lo he olvidado. Sólo sé que sentí vergüenza por ella, por ser tan vieja y fea. Saqué el clavel rojo del ojal y se lo tiré. Ella lo cogió en el aire y rió con su boca desdentada. Creo que le alegró mi regalo. Sí, entonces yo era realmente un joven imponente y fuerte como un toro. Pensaba, sólo unos pasos y estaré con ella, con mi novia. Tenía prisa. Por eso quería llegar a ella por el camino directo.

-¡Venga, venga! -dice el acompañante, ahora ya casi un poco impaciente. Pero el novio tiene algo que decir todavía, aunque le cuesta trabajo hablar de manera inteligible.
-¿No cree usted también -dice con un graznido- que sería más prudente esperar a que anocheciese? Al refrescar, sería más fácil proseguir la marcha.
-¡Por favor -responde el hombre sin rostro-, le ruego que se domine! Está usted complicándolo todo. Nos encontramos en el cuarto de mediodía. Los anocheceres están en otra parte. Vea usted mismo, aquí no arrojamos prácticamente ninguna sombra. La luz está en el cenit, inalterada e inalterable. El novio asiente con tristeza, deja caer los brazos y dice:

-¡No puedo más!

El acompañante hurga, indiferente, con su paraguas en la arena.

-Eso ya lo ha dicho cien veces. ¿Tengo que apelar otra vez a su sentido de la responsabilidad? Le están esperando. Su novia cuenta cada minuto. Le desea como sólo una mujer puede desear. ¿Es que eso no significa nada para usted?
-¡Sí, sí! -se apresura a asegurar el novio.
De nuevo caminan ambos un largo trecho, horas o años, bajo la luz resplandeciente. De pronto el novio se tira al suelo, rodando sobre la espalda, y grita al cielo con labios llenos de costras:

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué es tan largo el camino? No llegaré nunca. Nunca, nunca veré ni abrazaré a mi novia. ¿Por qué no pude decirle sencillamente que la deseaba, que quería tenerla, que anhelaba sentir su piel, su cuerpo? -un ataque de tos le sacude y no puede seguir hablando. El acompañante espera impasible a que se le pase, luego dice:
-Todo eso lo hizo usted. Usted dijo esas cosas y así figuran textualmente en los documentos -con el paraguas golpea ligeramente la carpeta de cuero. El novio mueve un rato los labios, perplejo.

-Pero ¿por qué -balbucea finalmente-, por qué estoy entonces aquí y no con ella? ¿Por qué voy siempre a su encuentro sin alcanzarla nunca? ¿Por qué? ¿Por qué?
-Porque usted lo quería así a toda costa -dice el otro mirándole desde arriba-. Se le dijo una y otra vez que el camino directo era el más largo. Usted no escuchó siquiera. ¿Me escucha al menos ahora?
-Sí -grazna el novio. Mira fijamente al acompañante durante un largo rato, luego empieza a reírse. Suena como un chillido. El otro espera sin moverse.

Finalmente el novio traga secamente y susurra-: ¿Así que me han engañado las matemáticas, simplemente?
-No -dice el acompañante-, allí el cálculo es correcto.
El novio deja caer de nuevo la cabeza en la arena y mira al sol. Los ojos le duelen como si los atravesase un hierro candente, pero no le vienen las lágrimas. Ya no tiene. Deja pasar arena entre sus dedos y murmura:
-De modo que así son las cosas. Me rindo. Abandono. No quiero seguir. Abandono.
-¡Ánimo! -dice el acompañante, pero lo dice sin ninguna simpatía-. Allí está ya la puerta. Sólo quedan unos pasos.

El novio sigue dejando pasar la arena entre sus dedos. El acompañante le levanta en vilo y le sostiene delante de sí con los brazos extendidos, tan ligero se ha vuelto. Sus piernas se bambolean en el aire como las de un muñeco.
-Ya no veo nada -susurra-, ya no tengo ojos.
-¿Y su novia? -pregunta el otro.
-Ya no sé nada. No entiendo nada. No quiero nada. No tengo novia. Nunca la tuve. Nunca deseé. Nunca amé. Nunca existí. Déjeme en paz, por favor.
Pero el acompañante no cede.
-No tiene usted derecho a renunciar a su existencia. Sólo piensa en sí mismo. Pero ha asumido responsabilidades. Como hombre de carácter, no puede deshacerse de ellas sin más.
-Carácter... -susurra el novio, bamboleando aún las piernas-; me pregunto por qué no se encarga usted de mi tarea. La señorita se alegrará. Usted es aún joven, en todo caso más joven que yo.
El acompañante le suelta. Cae a la arena como un montón de harapos. Con los ojos guiñados trata de ver al hombre sin rostro que se alza sobre él.
-Nuestras obligaciones -oye decir a la voz concisa- no son las mismas.
El novio juega con la arena.
-Obligaciones... -susurra con una risita-, obligaciones...
Ahora el otro casi se enfada por primera vez.
-Realmente se pone usted como si se tratase de su vida.
-Y así es -contesta el novio, asintiendo apenado-, se trata de mi vida, retroactivamente, ¿comprende? Soy un hombre viejo, pero no he tenido vida. Me han anulado todo. Alguien me ha escamoteado la vida, no sé quién. Y ahora ya no la quiero. No quiero haber tenido nunca una vida. Contra eso no puede usted hacer nada.
-Sí -dice el otro-, yo le llevaré los últimos pasos.
El novio lanza una risita.
-Los últimos pasos..., ¡no podrá!
-¡Permítame! -dice el otro y sin esperar una contestación coge al novio en brazos. Este coloca un delgado bracito alrededor del hombro del acompañante y apoya su vacilante cabecita de anciano en su cuello. Así recorren un largo trecho del camino. Aunque el novio no pesa ya apenas, por fin se le duerme el brazo a su portador y le deja deslizarse al suelo.
-Los últimos pasos... -se burla triunfante el novio-, ¡lo ve, lo ve!

El hombre sin rostro no contesta. Engancha el puño de su paraguas en el cuello del chaqué, o más bien en lo que queda de él, y arrastra al novio detrás de sí por la arena. De nuevo transcurre un tiempo interminable. El novio se da cuenta de que el otro le ha soltado y trata de liberarse del montón de harapos.
-Hemos llegado -oye decir a la voz indiferente-, ya le había dicho que sólo eran unos pasos.
El novio se sienta con un último esfuerzo y abre los ojos. La luz penetra en él como metal hirviendo y lanza un grito que ni siquiera percibe él mismo. Ante su mirada apagada, oscila la puerta. Se abre. La vista que se le ofrece es un grado más oscura que el azul brumoso del cielo que le rodea. En ese marco se encuentra una muchacha alta, de piernas largas, vestida sólo con un velo vaporoso de novia que cae de su cabeza y envuelve su cuerpo, transparente como una delicada niebla. Su rostro está casi oculto por esa niebla, pero con tanta mayor claridad se ven sus largos y finos miembros, sus muslos, sus pequeños pechos, su vientre plano y la sombra nocturna de su regazo. En la mano lleva un ramo de rosas.

-Por fin -exclama ella-, ¡estoy casi muerta de deseo! ¿Dónde está? ¿Dónde está? El acompañante se vuelve hacia el novio, pero éste alza con gran esfuerzo una mano y coloca suplicante un dedito huesudo delante de su boca hundida y desdentada. El acompañante se encoge imperceptiblemente de hombros y se dirige a la novia.

-Su novio la espera detrás de la puerta septentrional. Si quiere, la conduzco hasta él por el camino directo.
-Vamos -exclama ella-, vamos de prisa, sólo unos pasos y estaré junto a él.
Ella quiere echar a correr, pero se detiene porque el novio le tiende la mano.
Desconcertada, le contempla un instante, luego le tira una rosa del ramo que lleva en la mano. El novio alza su mirada hacia el acompañante, que ha contemplado la escena
cruzado de brazos y que ahora dice en voz baja:

-Al menos os habéis encontrado. Lo habéis hecho ya a menudo y lo haréis una y otra vez. Eso no pueden decirlo todos.

Luego sigue a la muchacha, que se adentra en el desierto a grandes pasos hacia la otra puerta que se alza gigantesca en el horizonte septentrional. Las dos figuras se vuelven cada vez más pequeñas entre los montículos de arena y al final sólo queda una huella serpenteante de minúsculos cráteres de arena.
El novio les sigue con ojos lechosos mientras sus dedos acarician la rosa.
-¡Qué bella es -susurra-, Dios mío, qué bella es!
Y mientras cae hacia atrás en la arena murmurando aún:
-¿Me encontrará allí, detrás de la otra puerta?

***

Michael Ende, El espejo en el espejo.

viernes, 17 de agosto de 2012

Equipo pesado


Esperando su turno para apisonar el terraplen o el camino de entrada. Este tipo de equipo pesado ha sido, para mi, una especie de obsesión que dura desde hace mucho tiempo. Ver el ir y venir de esos enormes bichos, respetar y admirar el poder que lucen y representan aun y cuando estén en ese reposo de cada tarde o de falta de alimento. Recuerdo subir a un cayuco con motor en el Canal de Chiquimulilla, entrar al río Achiguate y cruzarlo de lado a lado para acercarse al sitio donde la maquina trabaja haciendo una borda que desvíe un tanto el paso del río hacia la comunidad. En el cayuco, con nosotros, va un turumbo azul que contiene la gasolina que hará funcionar el monstruo por unas horas más. Los insectos zumban y se escuchan entre el escándalo del motor; la pala de la retroexcavadora aparece de manera rítmica sobre el túmulo de tierra y arena que ella misma construye.
Al borde de la carretera rumbo al norte se ven trabajando.Amarillas o verdes. Multifunción. La que aparece en la foto trabaja duro en Cahabón. El lodo, ese mismo de las llantas, sigue en mis zapatos.

lunes, 6 de agosto de 2012

Desde un tapesco lo vio...


La autoridad al hablar es impresionante, aunque lo hace sin alardear, cuenta la anécdota porque le parece que viene al caso. Dice que, cuando era joven (ahora sobrepasa los setenta años) se iba a la montaña a cortar árboles. Caminaban muchos días y buscaban los más grandes, uno de unos sesenta o setenta metros de altura que desrramaba y trozaba entre cuatro leñadores diestros todos en ese peligroso arte de armar tapescos como andamios, llegar a la punta y empezar a bajar en procesos lentos de machete, hacha, sierra. Mientras trabajan cae la tarde... los de abajo desrramaban pero deciden irse antes que la noche los pille lejos del improvisado campamento, con fuego, una manta, la chascada para llenar el agujerito de la muela. Él no se da cuenta y la noche lo sorprende en un punto alto del tapesco. Decide bajar un poco pero no llegar al suelo. Juntar ramas y cubrirse lo mejor que pueda para pasar la noche, para soportar la lluvia que amenaza en el verde horizonte. Caminar por la selva, de noche, sería suicidio. Se acomoda y la noche lo aplasta. Apenas se acomoda un poco cuando escucha el ronroneo. En un claro, en la semi oscuridad, lo ve, camina por el suelo de la jungla, hurga en los restos del árbol que cae poco a poco. Voltea a ver para arriba pero sin mostrar interés en él.
Cuenta la anécdota y, cuando llega a este punto crucial, levanta la mano izquierda, extiende el dedo índice y dibuja un serpenteo en el aire mientras dice: "y el jaguar movía la cola así..."

Tercer círculo


Todas las tardes pasa lo mismo en este mismo punto. Los comerciantes de la Terminal de Buses de la zona 4 capitalina construyen una pila de desechos. El camión municipal pasará religiosamente en la mañana siguiente y levantará eso sin consecuencias para los infractores. Mientras tanto, desde el tercer círculo, surgen los rostros que se acostumbran a ser observados. Esto que parecen desechos se convertirá en algo qué vender o algo para comer. Ella, a la par del poste, acompañada del perro y de un hombre que esperaba algo alejado, se aprestan a bailar la danza del olvido y la subsitencia. En este mundo los círculos de exclusión no son concéntricos, hay una rotación de bamboleo que provoca que de vez en cuando deliremos. Este espacio urbano,antropófago cual ningún otro, representa al final de cuentas los logros del sistema. La vía del tren, ese fantasma de la modernidad liberal, pareciera mostrar una mueca en sus paralelas truncas.
Ella ni siquiera se enoja por que le tomemos fotos. Iván, con el teleobjetivo, seguro tomó mejores fotos que esta. ¿Mejores? Hasta la estética se me vuelve entorno arisco.

martes, 31 de julio de 2012

Kajib' Ajaw


"...
terminará / el 13 B'aqtun
el día 4 Ajaw / 3 K'ank'in
ocurrirá / veremos
a B'olom Yocte' / en la gran investidura..."

domingo, 29 de julio de 2012

Camino 31


Una noche de tantas, no hace muchos días, recorro el lugar donde se desarrolla el taller. La patojada hace ruido en muchas partes y derrama esos sentimientos y esas acciones ambíguas que sólo los jóvenes son capáces de dar al viento. Las anécdotas escuchadas durante tanto tiempo sobre ese lugar, sobre lo exclusivo que habría que ser para poder entrar y disfrutar sus comodidades. La piscina, el comedor, los espacios al aire libre, el acceso al lago de Amatitlán, dos muelles y el faro.
Pareciera que no tiene fines prácticos, es una construcción de concreto sobre un piedraplen. Se encuentra en muy mal estado de conservación y se nota que no ha tenido mantenimiento en mucho tiempo. Ahora sirve de rótulo que anuncia el nombre del centro de retiros que alberga el antes club social y casino. Si uno se acerca al faro puede ver las escaleras de metal que suben al barandal que rodea su cresta. Por dentro tiene un espacio que también cumple la misma función y es notorio que en algún momento tuvo una luz, un bombillo que giraba y hacia más convincente la existencia del artificio. Entonces, en El Morlón, hay un faro lacustre. Guillermo tiene una historia sangrienta sobre este lugar. Ojalá pueda ver esta nota y la foto y nos cuente qué fue lo que pasó.

viernes, 8 de junio de 2012

¿Quién salva?


De esa iglesia en la avenida Bolivar tengo el recuerdo, la anécdota: cada vez que se menciona esa construcción mi madre cuenta sobre su padrastro participando en la construcción de tal. 
Y ahí, en la Bolivar, entre las zonas 3 y 8 de la capital, sucede esa magia indómita que caracteriza a la occidentalización del pensamiento que aqueja a este país desde (siempre) hace siglos. 
Caminar por ahí significa recordar mil cosas, entender esa relación problemática que existe entre clases sociales en este país. No circularé la Bolivar si no es para huir del sur rumbo al norte o viceversa. O por la condena municipal de usar al Transmetro porque no circula otro bus por ahí. Y lo haré si quiero definir los verdaderos íconos de mi extracción de clase: los muebles, colchones, iglesias, casas musicales, vidrierías, ventas de telas, tiendas insignia, las dos iglesias salesianas, el mismísimo Trebol y la indefinida frontera con la Aguilar Batres definen un todo que pocos se atreven a reclamar como propio. Ahí creció el mundo, ahí circulo el sueño por el axis del desden, desde la tierra de los Petapa hasta las casas señoriales o los mercados del sur de la capital.
Ir y ver. ¿Quién se decide y nos salva?

jueves, 31 de mayo de 2012

Salto Temporal 27


Corríamos bajo la lluvia. José Daniel, Eduardo, Guillermo y yo. La segunda visita para tomar fotos se había pasado por agua. La logística ahora corría en nuestras manos y hacíamos muchas fotos por la libre, sin respetar la temática del mentado Foto30. Con los chunches al hombro y tratando que el equipo no se mojara nos refugiamos en el mercado, la intención en ese momento era entrar a la iglesia y hacer fotos de una campana que es monumento del municipio. Tomamos atol riéndonos de José Daniel por su exagerado prurito higiénico ante los vasos de vidrio repletos de arróz con leche. Al salir la lluvia ya era menos, quedaban las charcas en el concreto del parque y de las calles aledañas. El ruído del mercado empezaba a desvanecerse avasallado por el murmullo de los pasillos, por el rodar de los autos, por la sonora risa de las luces y los abandonos.
Jugando con los reflejos y con la necesidad de ganarle luz a la luz tomé esta foto. Ejercicio al fin, conjuro sobre la lejanía y sobre el recuerdo de llegar por ahí a media noche, del sobresalto de la soledad y de la carga de angustia que nada podía detener dentro de mi: era así el pasado. Eduardo y Guillermo se ríen de algo... llevan sobre sus hombros el equipo y piensan tomas, hacen planes, saborean las shecas de más tarde o el café que no nos negamos ni por broma. Salgo de la maroma del recuerdo hasta las calles mojadas, hasta un café cercano que nos depara más bromas. San Pedro nos vigila desde lo alto de la iglesia. Más allá, cerca pero más allá, queda la casa, San Marcos y más imágenes por venir.

¿Qué ves?

Busto de Miguel Ángel Asturias. 
Manolo Gallardo. CCMA.

Mientras pasan los días y se redacta la inexorable caida, los sueños se desprenden del cielo cual dosel de popelina. Las imágenes que he acumulado en tantos días no son nada más que reflejos de luces abandonando la memoria e instalándose en un resquicio del espacio que no me pertenece.
Miguel mira hacia alguna parte, creo que hacia el sur. Me he recordado de él ayer mientras recalaba en otras letras, incluso las propias, mientras le pasaba un trapo a un texto que verá luz el sábado lejos de aquí. Miguel el del nombre de arcángel, el que fijó su vista en un horizonte que le trajo réditos en todo sentido. Veo la estela que hace de lápida y vigila su descanso en Père Lachaise, me busco en las manos sus libros y sus penas. Tres Migueles son ahora parte de mi ser: Este, que domina nobelizado un panorama donde hemos querido matarlo, sacarlo para siempre de la influencia de nuestro pobre caminar por las letras. El otro, el de Orihuela, el niño yuntero, el que ofrece sus venas para que "nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada". Y el Miguel que se llama de otra manera y yace en las memorias colectivas y yace, también, en algún lugar del caluroso territorio de Zacapa.
Entre angelitos, raices, arañas, lagartijas, ratones y calaveras, florece el busto blanco que mira hacia... ¿hacia dónde?...

lunes, 2 de abril de 2012

Regreso (II)


La tarde no fue implacable. El frío que traía la imparable noche sí. Fue el rostro del pleno invierno el que vimos y tuvimos que esforzarnos para soportar las ráfagas de viento que subían del valle donde se asienta Quetzaltenango. El  entorno rocoso y casi agreste sólo nos da unos puntos de verde: pinos y algo de pajonal quemado por el clima adverso. Ahí encendimos un fuego y montamos una carpa. Hay, por cierto, unas fotos (que no son mías) donde aparecemos parados en el justo lugar donde la carpa estuvo, eso al día siguiente y, se nota el colchón de agujas de pino que fabricamos para hacer más vivible el montón de piedras donde se suponía dormiríamos esa noche. Miento a medias con lo de la carpa, porque apenas participé en su levantado, fueron Xiomara, Edgar y Giovanni quienes se encargaron de eso...  yo, como otras veces, me entretuve en la ruleta rusa de encender un fuego que apenas alimentaba con ramitas pequeñas. Luego Edgar y Giovanni se apiadan de mi y consiguen leña. La cena y la plática, muchos celulares encendidos (¡arrepiéntase pecadores!) y los momentos de ser y estar.


Llega la mañana. Edgar se había levantado muy temprano para ver el amanecer. Aunque yo supongo que lo hizo para estirar su larguirucho cuerpo de una noche en una carpa (otra noche de esas) donde no cabía. Al salir yo, hicimos una mini sesión de práctica con la cámara reflex digital que ahora me acompaña y logramos fotos bastante decentes jugando con las posibilidades que la cámara da. En la foto: Edgar y Giovanni. Todavía en la carpa dormía Xiomara.


Como cosa rara, en esta foto Giovanni no tiene los brazos levantados (pose característica que supongo viene de sus años oscuros). La erizada piedra donde se encuentra de píe oculta tanto como deja ver. Hay, todavía, muchas fotografías de esta salida y muchas historias que se contarán con la impertinente tardanza, el cuentagotas, que es mi memoria y mi tiempo. Ahora, tres meses después, hablo de un diciembre que ya parece lejano. De píe sobre un sueño estuvimos. Espero llenar los vacíos y poner otras fotos pronto.

sábado, 31 de marzo de 2012

¿Tanto cuesta?


Hace unos años, en este sectory como producto añejo del tiempo de lluvia en todo el país, desapareció un buen pedazo de la carretera. No sé de quién fue la idea, pero, para reparar el daño, decidieron no nada más reconstruirla sino hacer una especie de experimento que tuvo sus fallas y sus soluciones. Abrieron mas el agujero donde fue el deslave, aplanaron, levantaron el muro de contención, hicieron las cunetas del drenaje. Hasta ahí todo muy bien para el automovilista... pero al pasar por ahí, en un día cualquiera, se veía a los vecinos del poblado cercano subir y bajar por el drenaje para lograr cruzar la carretera. Siempre hizo falta una pasarela en ese punto... y parecía que, si la iban a construír, no lo harían ahí... 
Yo digo que es la más bonita e ingeniosa de la carretera a Occidente. 
Su punto central tendrá unos guapos diez metros de altura y basta para salvar la distancia y mantener sanos y salvos los huesos de todo mundo. ¿Tanto cuesta hacer algo útil y modestamente estético? No importa para quién lo hagas, dónde lo hagas o los recursos que tengas para hacerlo... ¿cuesta tanto hacerlo bonito? Puede que haya alguien a quien no le guste el bicho verde ese, o la solución dada al entuerto del derrumbe, puede que ni siquiera les guste pasar por este poblado enclavado entre Chimaltenango y Sololá pero jurisdicción de El Quiché, pero, para la gente de los poblados cercanos (Chiwexa I, II y III, Chuijulimul, Xepol y el mismísimo Chupol), desde el año pasado, hay un punto de referencia que no tiene nada que ver con asaltos a buses, accidentes en la carretera, derrumbes o atropellados... ¿tanto cuesta?

viernes, 23 de marzo de 2012

Regreso


Cada vez me parece más poderosa la metáfora del camino inexistente. Puede que a los demás no pero, en mi caso, hay cientos de razones para entender que eso no significa detenerse ante el río, la roca, el lago, el abismo... sino el estallido, el reto. Cada vez me cuesta más mantenerme en píe (literalmente), pero es casi una profesión de fe el salir y caminar para, de una vez por todas, llamar al destino y sentirme parte de ese todo que me brinda sonrisas y sueños.
En la foto, en alguna parte del Volcán Cerro Quemado, Almolonga, Quetzaltenango, de izquierda a derecha: Giovanni, Edgar, Xiomara y yo. Tomamos ruta hace ya unos meses. Queríamos cumplir una ruta nueva en ese volcán ya que varias veces lo hemos escalado pero por el lado de Llanos del Pinal (ruta que, por cierto, siempre nos dá problemas) y, esta vez, pretendíamos lograr cumbre por la ruta del Mar de Lava.
Primero: no conocíamos la ruta. Cosa que no es nueva en nuestro modu operandi, puesto que siempre hemos salido a ruta nueva apenas orientados por mapas o por una referencia que alguien nos ha dado.
Segundo: Ya teníamos tiempo de no salir a un volcán y acampar ahí. Subir con mochila de más de 30 libras significa un esfuerzo grande para el cual ya no estamos acostumbrados.
Tercero: Acampar es un juego de muchas facetas y esta vez nos mostró una cara amable. Le debemos a Edgar esa búsqueda de un lugar adecuado y, a pesar de dormir sobre una roca (o intentar dormir), descansamos muy bien.
No logramos cumbre esta vez... pero ya les contaré luego qué fue lo que pasó.

martes, 7 de febrero de 2012

Sofía


Vamos por lo menos una vez al año. La Concordia es un punto obligatorio en nuestros itinerarios y siempre estamos pensando en cómo mejorar la casa o en la cosecha. Esta vez la visita coincidió con la tapisca y tuvo, como principal motivo, la construcción de la caseta de la letrina. A diferencia de otros años cuando eramos un grupo grande cargado de cerveza o de vino que llegaba a pasar la noche nada más, esta vez llegamos de día y eramos dos nada más: Giovanni y quien estas letras escribe (Guillermo se unió a nosotros hasta la noche del segundo día, fuimos a buscarlo a Cuatro Caminos, ya que él ahora vive en San Marcos y ese día se encontraba a caballo entre Totonicapán y Xela). El primer día fuimos recibidos por ese montón de niños y niñas que son parte de la familia que vive alrrededor de la casa. Especial mención tendrá Sofía.

En la foto, al segundo día, el de la tapisca, ella es la única que mira hacia la cámara. Antonieta, rodeada de niños y niñas, selecciona la semilla, quita la tuza y agrupa las mazorcas que serán consumidas en cuanto terminen de secarse. Sofía había estado rondando todo el rato por ahí: le interesaba más la bulla que hacíamos con los martillos construyendo la letrina que la silenciosa labor de Antonieta. Ya un día antes Sofía se pegaba a nosotros y miraba cómo Giovanni se encaramaba al techo de la casa de la tía María para reparar el cable de electricidad cortado. Me di cuenta de la manera que ponía atención a la maniobra y decidí tirar frases para disuadirla de repetir -en nuestra ausencia- la escalada a las frágiles láminas del techo. Hay que anotar que ella sólo tiene 5 años y que su viveza es arrolladora. Entonces, dije "cuidado Giovanni, si no te fijás te vas a caér y si te caes es tu culpa, quién te manda a subirte ahí". Sofía sonrió. Giovanni empezó a bajar por la escalera y ella dijo, como quién sentecia que entendió la indirecta: "Giovanni viene bajando, si se cae ¡culpa de él!".

Mi cabello largo fue otro distractor. Los hijos varones de Chepe eran los más curiosos o los más dados a hacer la pregunta con ánimo confrontativo. Puesto que soy peludo desde hace más de 14 años ya es difícil que me cale lo que me digan, es más, para lo que me digas ya tengo respuesta ensayada: ya lo he oído todo. En fin. Sofía, menos dada a la malicia de tirar chinitas, pregunta sobre el pelo acicateada por la presencia de sus primos:
-¿Por qué tenés el pelo largo? -inquiere.
- Por que me gusta tenerlo largo -es mi respuesta, la más fácil de todas.
- Sólo las mujeres tienen el pelo largo, los hombres no ¿sos mujer? -es sentenciosa.
- No, soy hombre, pero tengo el pelo largo -me escabullo, otra vez, por la lógica cercana.
- A mi me hubiera gustado ser hombre -dice, lo lanza como granada en trinchera y provoca miradas que buscan una respuesta.
- ¿Por qué? -la curiosidad aumenta.
- ¡Cómo duele cuando mi mamá me peina!

domingo, 5 de febrero de 2012

México


En el nombre del hueso vulnerado
hecho cal a pedazos junto al polvo
en el nombre del ciego que resiste
la vecindad del sol desde su pozo

En el nombre del ángel de la crisis
de quienes desesperan encerrados
en el nombre del hambre pisoteada
del que perdió la pista de sus pasos

En el nombre del perro que se muere
al filo de tu sed áspera y fría
en el nombre del fuego en que reposa
tu cúpula de nieve malherida

En el nombre del árbol que reseco
recuerda sus cadáveres colgantes
en el nombre del grito carcomido

En el nombre del hombre del abismo
que de su corta piel crece y te cubre


Roque Dalton. El turno del ofendido.

viernes, 3 de febrero de 2012

Not a road trip

Los primeros días fue difícil. No hay modo de entrarle a un tema desde una perspectiva que no es totalmente la propia. Teníamos la camisa de fuerza del texto que había ganado no sé cuál concurso y que describía -desde una visión bastante optimista- el contexto al que debíamos enfrentarnos. Hablar sobre violencia colectiva a niños y jóvenes no es complicado: es, en parte, un juego de esos de verdades evidentes, de nada más poner en palabras eso que ellos y ellas viven a diario y pasan por alto o, en la mayoría de los casos, reproducen en su diario vivir sin siquiera molestarse en entenderlo. Con el paso del tiempo trabajando juntos logramos encontrar un punto en común, algo que, creíamos, podía funcionar.
En la foto: Anita, María, Pancho y Denis. El grupo de teatro improvisado en unas semanas de trabajo y que, desde el lenguaje de lo lúdico, probamos decir algo distinto sobre los linchamientos, la justicia y tantas cosas más que están ligadas a eso. Sentados en la plaza de San Pedro Jocopilas, El Quiché, luego de una presentación de teatro-arena, en esa misma plaza, nos dábamos tiempo para comer algo y para hablar y hablar sobre lo hecho bien y lo hecho mal. Sobre todo hablábamos del abordaje del tema y de cuánto más corto o largo debía ser el montaje. Tocaba solucionar sobre la marcha el uso de la silueta, el punto donde se colocaba el teatrino del títere, la densidad de las palabras de la abuela, el tono irónico o cínico de sus interlocutores.
Grababan en video mientras nosotros actuábamos. Hasta el día de hoy no tengo idea de cómo quedó ese material. Terminamos la maratónica serie de presentaciones una tarde cansada en una escuela semi cerrada, en un patio que apenas brindaba sombra a los espectadores. Luego de eso nos perdimos en la carrera de pensar el regreso. Pasamos a Chichicastenango y luego de vuelta a Guate. El grupo se desintegró y, seguramente, no volverá a juntarse más.
¿Qué queda de esos días? No sé. ¿Las sonrisas compartidas? Tal vez, nada más, el camino y sus curvas.

jueves, 2 de febrero de 2012

Brigadas II

Ese mes de junio andaba entre arena y lluvia. La erupción del volcán de Pacaya ese 27 de mayo y el golpe que la tormenta Agatha pegó a las zonas más humildes de la capital (entre otros sectores del país), pusieron un nivel de alerta que nos llevó a asumir tareas que conocíamos. Fibrilar: esa era la forma de actuar. Recolectar insumos en donde fuera y como fuera para llevarlos a los lugares donde se albergaban familias que habían sido evacuadas de sus casas. ¿Qué llevábamos? Pues no gran cosa. Nos concentramos en atender las necesidades de familias con niñas y niños. Fue cada vez más evidente la falta de atención a niños en condición de albergue, junto con la atención de necesidades específicas de las mujeres que se encuentran, también, en esa condición.
Pañales y toallas sanitarias: era el cargamento que iba con nosotros, además de una bolsa con dulces, un repentino pastel, las narices rojas, los hula hula, unas pelotas de plástico y, tal vez, juguetes.
En la foto: Pancho, Sol, Churu, Andrea, Fer y Fili. Ellos, junto a JuanVa, Leisy y los compañeros G10, eramos la brigada de hule, la que a veces crecía, la que siempre era muy pequeña y triste a pesar de saltar, cantar, reír, correr entre niños que también saltaban, cantaban, reían. ¿El lugar donde se tomó la foto? Algún punto de la zona 18 de la capital. La lluvia siguió por unas semanas más: con forme pasó el tiempo, y de pronto, todos querían ser parte de la brigada. Algo hicimos bien, algo hicimos mal. Ya el tiempo lo dirá.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Salto Temporal 26

Del templo al fondo de la tierra: San Cayetano resguarda el tiro en desuso de la mina. Si vas sesenticinco metros bajo tierra recordarás el calor, la sensación extraña de usar el casco de seguridad, los escalones estrechos y los maniquíes que aparecen en algunos puntos del descenso, algunos -incluso- debajo de piedras, simulando el temor sempiterno de los antiguos trabajadores de esos túneles: morir aplastados.
La bocamina de San Cayetano está en Guanajuato, es parte del complejo de minas de La Valenciana. De ella se extraía oro y plata para nutrir las arcas del Virreinato y de la Corona Española. La extracción de esos minerales también dio la posibilidad de construír la iglesia de San Cayetano que pronto, tal vez, sea motivo de otro post.
Para el momento de la visita a este lugar ya sólo andaba con Paola. Los cuarenta y tantos kilómetros a León quedaban a nuestras espaldas al igual que la conferencia mundial. Visitar Guanajuato tiene su gracia cuando lo haces sin pensar en dónde estás. Ahí la dicha de quien camina sin pensar en el destino. Oficio de no tener mañana.