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martes, 22 de julio de 2014

La habitación del mediodía



Es una habitación y al mismo tiempo un desierto. Las paredes desnudas se alzan lejanas y brumosas en el horizonte. Alrededor nada más que arena, montículo, interminable en todas las direcciones. Arriba en el cenit cuelga un sol candente, ¿o es una lámpara con una pantalla de esmalte azulado? La deslumbrante luz mata todos los colores, deja sólo superficies blancas y sombras negras: el esqueleto de la luz, cegador, insoportable, mortífero, el maligno brillo de un aparato de soldar cósmico.

La habitación tiene dos puertas gigantescas, colocadas en la incandescencia azul del cielo, una al Norte y otra al Sur sobre el horizonte tembloroso.

De la puerta septentrional, una huella serpenteante de pequeños cráteres de arena conduce hacia el desierto. Allí avanza un hombre pequeño como una hormiga. A cada paso se hunde hasta los tobillos, se tambalea, rema con los brazos.

Es el novio.

Su rostro está quemado por el sol, la piel resquebrajada y llena de ampollas, los labios blancos de saliva seca. Pelo incoloro, pálido, rodea su cabeza revuelto y tieso como si fueses de paja. Sus gafas, que se resbalan constantemente por la nariz sudorosa, las empuja una y otra vez a su sitio con sorda paciencia. En la mano izquierda balancea un viejo sombrero de copa abollado. El chaqué de la boda que lleva puesto quizás le sentaba bien en otros tiempos, pero ahora le está demasiado grande, los faldones le cuelgan hasta los talones. La tela está raída y se deshace por algunas partes. La camisa se ha salido del pantalón, pues éste también está demasiado amplio y tiene que subírselo a cada tres pasos. Un pie va metido en un zapato de charol cuya suela se desprende, el otro pie va envuelto en un pañuelo sucio para protegerle al menos un poco de la arena abrasadora.

Unos veinte metros por delante de este hombre marcha otro, un funcionario quizás: ropa extremadamente correcta, traje oscuro, sombrero oscuro, carpeta en una mano, en la otra un paraguas tersamente enrollado. Su rostro es un poco pálido y no tiene ningún rasgo distintivo, está como borrado.

La distancia entre ambos caminantes aumenta lenta pero constantemente. El novio se apresura, jadea luchando por respirar, se cae, se levanta, sigue su marcha dando tumbos, vuelve a caerse.

-¡Oiga, por favor!- grita, y su voz suena aguda y agotada como la de una vieja-
¡Espéreme! Quisiera preguntarle una cosa.

El hombre sin rostro ha oído perfectamente la llamada, pero sigue caminando un buen trecho todavía, antes de detenerse y volverse suspirando como si se tratase de los lloriqueos de un niño maleducado que trata por enésima vez de retenerle con algún pretexto. Apoyado con desgana en su paraguas, contempla cómo el novio trepa penosamente la duna sobre la que él se encuentra.

-¡Haga el favor de darse prisa! -dice con frialdad-. ¿Qué quiere ahora?
-Dígame - jadea el novio pensando visiblemente lo que quería preguntar en realidad-, dígame, por favor, ¿queda mucho todavía?

Al hablar se despegan sus labios hinchados con dificultad.

-Nada más que unos pasos -contesta el otro, tan correcto como antes-, hasta aquella puerta.

Al mismo tiempo señala con el paraguas la puerta al sur. Hace ademán de volverse para seguir caminando, pero el novio le sujeta.

-Perdone -logra articular con esfuerzo-, ¿a dónde, en este momento lo he olvidado,
a dónde vamos en realidad?

-A reunirnos con su novia, señor mío -explica el otro y se nota que ya ha tenido que dar esa respuesta a menudo. Recalca cada sílaba y habla en voz alta como si se dirigiese a un sordo o a un tonto-. Le llevo a la habitación de su novia.

El novio le mira un rato fijamente con la boca abierta, luego se da con la mano en la frente y se ríe precipitadamente, como si quisiera disculparse. Esboza una sonrisa mientras dice:

-Cuando hayamos llegado a su casa todo estará en orden, ¿verdad? ¿No me pondrá peros, sólo porque ya no estoy tan bien vestido? Es todo por ella, supongo que lo comprenderá. Lo que he padecido la convencerá del amor que siento por ella. Me creerá, de eso estoy seguro. Me recibirá con los, brazos abiertos.

-Cuando hayamos llegado a su casa -constata el otro objetivamente.
-Claro, claro -murmura el novio-, será pronto, muy pronto. Por eso he escogido el camino directo desde aquella puerta de allí atrás a esta puerta de ahí delante. El camino directo es el más corto, ¿verdad? Eso lo saben hasta los niños.
-No -dice el otro, inexpresivo-, no en la habitación del mediodía. Se lo dije desde el principio, pero usted no quería creerlo. Cualquier rodeo hubiese sido más corto. Usted ni siquiera me escuchó. Y ahora es demasiado tarde. Ya hemos ido demasiado lejos.

El novio pasa por los labios agrietados una lengua seca como la yesca.

-Entonces podré hacer con ella lo que quiera -susurra-, tendrá que tolerarlo todo sin protestar. Después de todo, es mi novia. Pero yo no lo haré. No le haré nada malo, ¿comprende lo que quiero decir? Ella es muy bella y joven. Completamente inocente, ¿sabe? En todo caso seré cariñoso con ella, delicado y discreto. Que yo haya tomado el camino directo no significa que la quiera coger por sorpresa. Le daré tiempo.

El acompañante guarda silencio y contempla desinteresado el horizonte. El novio mira un rato fijamente su dedo gordo que sobresale del zapato de charol, luego pregunta de pronto, desconfiado:

-Es bella y joven mi novia, ¿verdad? Quiero decir… lo sigue siendo, ¿no? ¡Por favor, diga su opinión con toda sinceridad!
-Sobre eso no tengo ninguna opinión -responde el hombre sin rostro.

El novio se frota la frente.

-Sí, sí, ya sé. Sólo que... hace ya tanto tiempo de todo. Apenas sé cómo era. A decir verdad, ya no conozco a esa persona. Una muchacha desconocida cualquiera.
¿Cómo se llamaba? Dios mío, llevamos ya tanto tiempo en camino.
-Venimos de aquella puerta -dice la voz fría- y nos dirigimos a aquélla. Eso es todo.
-No lo entiendo -confiesa el novio-, sencillamente no entiendo que esté tan lejos.
-Usted no lo comprende -repite el otro dando media vuelta para irse-, pero su novia está esperando. ¡Venga!

El novio le agarra una vez más de la manga.

-¿Cómo lo sabe? Quizás hace tiempo que no espera ya. O no ha esperado nunca. Podrían haber surgido problemas. Entonces habría asumido en vano toda esta carga. Haría el ridículo.
-Eso -responde la voz seca- ya lo verá cuando pase por esa puerta que tiene delante.
-Esa puerta -susurra el novio- es inalcanzable, siempre queda delante de nosotros, siempre igual de lejos... Eso es un espejismo, no una puerta.
-¡Tonterías! -dice el otro sin sonreír-. Un espejismo aparece y desaparece. Pero esa puerta estaba ahí desde el principio y ha permanecido en su sitio, sin cambiar en absoluto.
El novio asiente.
-Sí, sin cambiar... desde entonces, cuando me puse en camino, cuando aún era joven.
-Así que no es ningún espejismo -responde el acompañante en tono categórico, echando a andar.

Durante largo tiempo los dos hombres caminan uno al lado del otro, pero poco a poco vuelve a producirse entre ellos la distancia que va en aumento. De nuevo grita el novio y de nuevo el hombre correctamente vestido se detiene al cabo de un rato y le espera apoyado en el paraguas. El novio se deteriora por momentos, su ropa cuelga ahora en andrajos de su cuerpo, también parece haberse vuelto más pequeño y más viejo.

-Entonces -balbucea ahogadamente, haciendo un movimiento incierto en dirección a la puerta septentrional con el sombrero de copa del que sólo queda el ala-, entonces aún estaba fuerte, ¿recuerda? Entonces era yo quien caminaba por delante, no usted, ¿se acuerda?
-A veces -puntualiza el otro-, muy pocas.

El novio sacude tercamente la cabeza.

-No, no. Usted apenas podía dominarme, le costaba trabajo guardar el paso conmigo. Entonces era yo más joven que usted, querido amigo. Mucho más joven y más fuerte. Era un joven imponente.
-Yo -contesta el acompañante- sigo teniendo la misma edad.

El novio se quita con la mano el polvo de la cara arrugada.

-Recuerdo -susurra- que cuando salimos por la puerta estaba sentada en el suelo una mujer viejísima, diminuta, como resecada por el sol. No llevaba sobre el cuerpo más que algunos jirones de telas de araña. Quizás era el resto de su velo de novia. ¡Pobre vieja! Sentí asco de sus pechos lacios que estaban delgados y vacíos como pliegues rugosos. ¡Pero la mirada con que me miró! He tenido que pensar a menudo en ella. Tenía los ojos medio ciegos, hundidos. Y me tendió la mano en la que sujetaba un par de tallos de rosa secos. La mirada me recordaba algo o alguien. Lo he olvidado. Sólo sé que sentí vergüenza por ella, por ser tan vieja y fea. Saqué el clavel rojo del ojal y se lo tiré. Ella lo cogió en el aire y rió con su boca desdentada. Creo que le alegró mi regalo. Sí, entonces yo era realmente un joven imponente y fuerte como un toro. Pensaba, sólo unos pasos y estaré con ella, con mi novia. Tenía prisa. Por eso quería llegar a ella por el camino directo.

-¡Venga, venga! -dice el acompañante, ahora ya casi un poco impaciente. Pero el novio tiene algo que decir todavía, aunque le cuesta trabajo hablar de manera inteligible.
-¿No cree usted también -dice con un graznido- que sería más prudente esperar a que anocheciese? Al refrescar, sería más fácil proseguir la marcha.
-¡Por favor -responde el hombre sin rostro-, le ruego que se domine! Está usted complicándolo todo. Nos encontramos en el cuarto de mediodía. Los anocheceres están en otra parte. Vea usted mismo, aquí no arrojamos prácticamente ninguna sombra. La luz está en el cenit, inalterada e inalterable. El novio asiente con tristeza, deja caer los brazos y dice:

-¡No puedo más!

El acompañante hurga, indiferente, con su paraguas en la arena.

-Eso ya lo ha dicho cien veces. ¿Tengo que apelar otra vez a su sentido de la responsabilidad? Le están esperando. Su novia cuenta cada minuto. Le desea como sólo una mujer puede desear. ¿Es que eso no significa nada para usted?
-¡Sí, sí! -se apresura a asegurar el novio.
De nuevo caminan ambos un largo trecho, horas o años, bajo la luz resplandeciente. De pronto el novio se tira al suelo, rodando sobre la espalda, y grita al cielo con labios llenos de costras:

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué es tan largo el camino? No llegaré nunca. Nunca, nunca veré ni abrazaré a mi novia. ¿Por qué no pude decirle sencillamente que la deseaba, que quería tenerla, que anhelaba sentir su piel, su cuerpo? -un ataque de tos le sacude y no puede seguir hablando. El acompañante espera impasible a que se le pase, luego dice:
-Todo eso lo hizo usted. Usted dijo esas cosas y así figuran textualmente en los documentos -con el paraguas golpea ligeramente la carpeta de cuero. El novio mueve un rato los labios, perplejo.

-Pero ¿por qué -balbucea finalmente-, por qué estoy entonces aquí y no con ella? ¿Por qué voy siempre a su encuentro sin alcanzarla nunca? ¿Por qué? ¿Por qué?
-Porque usted lo quería así a toda costa -dice el otro mirándole desde arriba-. Se le dijo una y otra vez que el camino directo era el más largo. Usted no escuchó siquiera. ¿Me escucha al menos ahora?
-Sí -grazna el novio. Mira fijamente al acompañante durante un largo rato, luego empieza a reírse. Suena como un chillido. El otro espera sin moverse.

Finalmente el novio traga secamente y susurra-: ¿Así que me han engañado las matemáticas, simplemente?
-No -dice el acompañante-, allí el cálculo es correcto.
El novio deja caer de nuevo la cabeza en la arena y mira al sol. Los ojos le duelen como si los atravesase un hierro candente, pero no le vienen las lágrimas. Ya no tiene. Deja pasar arena entre sus dedos y murmura:
-De modo que así son las cosas. Me rindo. Abandono. No quiero seguir. Abandono.
-¡Ánimo! -dice el acompañante, pero lo dice sin ninguna simpatía-. Allí está ya la puerta. Sólo quedan unos pasos.

El novio sigue dejando pasar la arena entre sus dedos. El acompañante le levanta en vilo y le sostiene delante de sí con los brazos extendidos, tan ligero se ha vuelto. Sus piernas se bambolean en el aire como las de un muñeco.
-Ya no veo nada -susurra-, ya no tengo ojos.
-¿Y su novia? -pregunta el otro.
-Ya no sé nada. No entiendo nada. No quiero nada. No tengo novia. Nunca la tuve. Nunca deseé. Nunca amé. Nunca existí. Déjeme en paz, por favor.
Pero el acompañante no cede.
-No tiene usted derecho a renunciar a su existencia. Sólo piensa en sí mismo. Pero ha asumido responsabilidades. Como hombre de carácter, no puede deshacerse de ellas sin más.
-Carácter... -susurra el novio, bamboleando aún las piernas-; me pregunto por qué no se encarga usted de mi tarea. La señorita se alegrará. Usted es aún joven, en todo caso más joven que yo.
El acompañante le suelta. Cae a la arena como un montón de harapos. Con los ojos guiñados trata de ver al hombre sin rostro que se alza sobre él.
-Nuestras obligaciones -oye decir a la voz concisa- no son las mismas.
El novio juega con la arena.
-Obligaciones... -susurra con una risita-, obligaciones...
Ahora el otro casi se enfada por primera vez.
-Realmente se pone usted como si se tratase de su vida.
-Y así es -contesta el novio, asintiendo apenado-, se trata de mi vida, retroactivamente, ¿comprende? Soy un hombre viejo, pero no he tenido vida. Me han anulado todo. Alguien me ha escamoteado la vida, no sé quién. Y ahora ya no la quiero. No quiero haber tenido nunca una vida. Contra eso no puede usted hacer nada.
-Sí -dice el otro-, yo le llevaré los últimos pasos.
El novio lanza una risita.
-Los últimos pasos..., ¡no podrá!
-¡Permítame! -dice el otro y sin esperar una contestación coge al novio en brazos. Este coloca un delgado bracito alrededor del hombro del acompañante y apoya su vacilante cabecita de anciano en su cuello. Así recorren un largo trecho del camino. Aunque el novio no pesa ya apenas, por fin se le duerme el brazo a su portador y le deja deslizarse al suelo.
-Los últimos pasos... -se burla triunfante el novio-, ¡lo ve, lo ve!

El hombre sin rostro no contesta. Engancha el puño de su paraguas en el cuello del chaqué, o más bien en lo que queda de él, y arrastra al novio detrás de sí por la arena. De nuevo transcurre un tiempo interminable. El novio se da cuenta de que el otro le ha soltado y trata de liberarse del montón de harapos.
-Hemos llegado -oye decir a la voz indiferente-, ya le había dicho que sólo eran unos pasos.
El novio se sienta con un último esfuerzo y abre los ojos. La luz penetra en él como metal hirviendo y lanza un grito que ni siquiera percibe él mismo. Ante su mirada apagada, oscila la puerta. Se abre. La vista que se le ofrece es un grado más oscura que el azul brumoso del cielo que le rodea. En ese marco se encuentra una muchacha alta, de piernas largas, vestida sólo con un velo vaporoso de novia que cae de su cabeza y envuelve su cuerpo, transparente como una delicada niebla. Su rostro está casi oculto por esa niebla, pero con tanta mayor claridad se ven sus largos y finos miembros, sus muslos, sus pequeños pechos, su vientre plano y la sombra nocturna de su regazo. En la mano lleva un ramo de rosas.

-Por fin -exclama ella-, ¡estoy casi muerta de deseo! ¿Dónde está? ¿Dónde está? El acompañante se vuelve hacia el novio, pero éste alza con gran esfuerzo una mano y coloca suplicante un dedito huesudo delante de su boca hundida y desdentada. El acompañante se encoge imperceptiblemente de hombros y se dirige a la novia.

-Su novio la espera detrás de la puerta septentrional. Si quiere, la conduzco hasta él por el camino directo.
-Vamos -exclama ella-, vamos de prisa, sólo unos pasos y estaré junto a él.
Ella quiere echar a correr, pero se detiene porque el novio le tiende la mano.
Desconcertada, le contempla un instante, luego le tira una rosa del ramo que lleva en la mano. El novio alza su mirada hacia el acompañante, que ha contemplado la escena
cruzado de brazos y que ahora dice en voz baja:

-Al menos os habéis encontrado. Lo habéis hecho ya a menudo y lo haréis una y otra vez. Eso no pueden decirlo todos.

Luego sigue a la muchacha, que se adentra en el desierto a grandes pasos hacia la otra puerta que se alza gigantesca en el horizonte septentrional. Las dos figuras se vuelven cada vez más pequeñas entre los montículos de arena y al final sólo queda una huella serpenteante de minúsculos cráteres de arena.
El novio les sigue con ojos lechosos mientras sus dedos acarician la rosa.
-¡Qué bella es -susurra-, Dios mío, qué bella es!
Y mientras cae hacia atrás en la arena murmurando aún:
-¿Me encontrará allí, detrás de la otra puerta?

***

Michael Ende, El espejo en el espejo.

lunes, 6 de agosto de 2012

Desde un tapesco lo vio...


La autoridad al hablar es impresionante, aunque lo hace sin alardear, cuenta la anécdota porque le parece que viene al caso. Dice que, cuando era joven (ahora sobrepasa los setenta años) se iba a la montaña a cortar árboles. Caminaban muchos días y buscaban los más grandes, uno de unos sesenta o setenta metros de altura que desrramaba y trozaba entre cuatro leñadores diestros todos en ese peligroso arte de armar tapescos como andamios, llegar a la punta y empezar a bajar en procesos lentos de machete, hacha, sierra. Mientras trabajan cae la tarde... los de abajo desrramaban pero deciden irse antes que la noche los pille lejos del improvisado campamento, con fuego, una manta, la chascada para llenar el agujerito de la muela. Él no se da cuenta y la noche lo sorprende en un punto alto del tapesco. Decide bajar un poco pero no llegar al suelo. Juntar ramas y cubrirse lo mejor que pueda para pasar la noche, para soportar la lluvia que amenaza en el verde horizonte. Caminar por la selva, de noche, sería suicidio. Se acomoda y la noche lo aplasta. Apenas se acomoda un poco cuando escucha el ronroneo. En un claro, en la semi oscuridad, lo ve, camina por el suelo de la jungla, hurga en los restos del árbol que cae poco a poco. Voltea a ver para arriba pero sin mostrar interés en él.
Cuenta la anécdota y, cuando llega a este punto crucial, levanta la mano izquierda, extiende el dedo índice y dibuja un serpenteo en el aire mientras dice: "y el jaguar movía la cola así..."

martes, 31 de julio de 2012

Kajib' Ajaw


"...
terminará / el 13 B'aqtun
el día 4 Ajaw / 3 K'ank'in
ocurrirá / veremos
a B'olom Yocte' / en la gran investidura..."

domingo, 29 de julio de 2012

Camino 31


Una noche de tantas, no hace muchos días, recorro el lugar donde se desarrolla el taller. La patojada hace ruido en muchas partes y derrama esos sentimientos y esas acciones ambíguas que sólo los jóvenes son capáces de dar al viento. Las anécdotas escuchadas durante tanto tiempo sobre ese lugar, sobre lo exclusivo que habría que ser para poder entrar y disfrutar sus comodidades. La piscina, el comedor, los espacios al aire libre, el acceso al lago de Amatitlán, dos muelles y el faro.
Pareciera que no tiene fines prácticos, es una construcción de concreto sobre un piedraplen. Se encuentra en muy mal estado de conservación y se nota que no ha tenido mantenimiento en mucho tiempo. Ahora sirve de rótulo que anuncia el nombre del centro de retiros que alberga el antes club social y casino. Si uno se acerca al faro puede ver las escaleras de metal que suben al barandal que rodea su cresta. Por dentro tiene un espacio que también cumple la misma función y es notorio que en algún momento tuvo una luz, un bombillo que giraba y hacia más convincente la existencia del artificio. Entonces, en El Morlón, hay un faro lacustre. Guillermo tiene una historia sangrienta sobre este lugar. Ojalá pueda ver esta nota y la foto y nos cuente qué fue lo que pasó.

jueves, 31 de mayo de 2012

Salto Temporal 27


Corríamos bajo la lluvia. José Daniel, Eduardo, Guillermo y yo. La segunda visita para tomar fotos se había pasado por agua. La logística ahora corría en nuestras manos y hacíamos muchas fotos por la libre, sin respetar la temática del mentado Foto30. Con los chunches al hombro y tratando que el equipo no se mojara nos refugiamos en el mercado, la intención en ese momento era entrar a la iglesia y hacer fotos de una campana que es monumento del municipio. Tomamos atol riéndonos de José Daniel por su exagerado prurito higiénico ante los vasos de vidrio repletos de arróz con leche. Al salir la lluvia ya era menos, quedaban las charcas en el concreto del parque y de las calles aledañas. El ruído del mercado empezaba a desvanecerse avasallado por el murmullo de los pasillos, por el rodar de los autos, por la sonora risa de las luces y los abandonos.
Jugando con los reflejos y con la necesidad de ganarle luz a la luz tomé esta foto. Ejercicio al fin, conjuro sobre la lejanía y sobre el recuerdo de llegar por ahí a media noche, del sobresalto de la soledad y de la carga de angustia que nada podía detener dentro de mi: era así el pasado. Eduardo y Guillermo se ríen de algo... llevan sobre sus hombros el equipo y piensan tomas, hacen planes, saborean las shecas de más tarde o el café que no nos negamos ni por broma. Salgo de la maroma del recuerdo hasta las calles mojadas, hasta un café cercano que nos depara más bromas. San Pedro nos vigila desde lo alto de la iglesia. Más allá, cerca pero más allá, queda la casa, San Marcos y más imágenes por venir.

¿Qué ves?

Busto de Miguel Ángel Asturias. 
Manolo Gallardo. CCMA.

Mientras pasan los días y se redacta la inexorable caida, los sueños se desprenden del cielo cual dosel de popelina. Las imágenes que he acumulado en tantos días no son nada más que reflejos de luces abandonando la memoria e instalándose en un resquicio del espacio que no me pertenece.
Miguel mira hacia alguna parte, creo que hacia el sur. Me he recordado de él ayer mientras recalaba en otras letras, incluso las propias, mientras le pasaba un trapo a un texto que verá luz el sábado lejos de aquí. Miguel el del nombre de arcángel, el que fijó su vista en un horizonte que le trajo réditos en todo sentido. Veo la estela que hace de lápida y vigila su descanso en Père Lachaise, me busco en las manos sus libros y sus penas. Tres Migueles son ahora parte de mi ser: Este, que domina nobelizado un panorama donde hemos querido matarlo, sacarlo para siempre de la influencia de nuestro pobre caminar por las letras. El otro, el de Orihuela, el niño yuntero, el que ofrece sus venas para que "nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada". Y el Miguel que se llama de otra manera y yace en las memorias colectivas y yace, también, en algún lugar del caluroso territorio de Zacapa.
Entre angelitos, raices, arañas, lagartijas, ratones y calaveras, florece el busto blanco que mira hacia... ¿hacia dónde?...

sábado, 31 de marzo de 2012

¿Tanto cuesta?


Hace unos años, en este sectory como producto añejo del tiempo de lluvia en todo el país, desapareció un buen pedazo de la carretera. No sé de quién fue la idea, pero, para reparar el daño, decidieron no nada más reconstruirla sino hacer una especie de experimento que tuvo sus fallas y sus soluciones. Abrieron mas el agujero donde fue el deslave, aplanaron, levantaron el muro de contención, hicieron las cunetas del drenaje. Hasta ahí todo muy bien para el automovilista... pero al pasar por ahí, en un día cualquiera, se veía a los vecinos del poblado cercano subir y bajar por el drenaje para lograr cruzar la carretera. Siempre hizo falta una pasarela en ese punto... y parecía que, si la iban a construír, no lo harían ahí... 
Yo digo que es la más bonita e ingeniosa de la carretera a Occidente. 
Su punto central tendrá unos guapos diez metros de altura y basta para salvar la distancia y mantener sanos y salvos los huesos de todo mundo. ¿Tanto cuesta hacer algo útil y modestamente estético? No importa para quién lo hagas, dónde lo hagas o los recursos que tengas para hacerlo... ¿cuesta tanto hacerlo bonito? Puede que haya alguien a quien no le guste el bicho verde ese, o la solución dada al entuerto del derrumbe, puede que ni siquiera les guste pasar por este poblado enclavado entre Chimaltenango y Sololá pero jurisdicción de El Quiché, pero, para la gente de los poblados cercanos (Chiwexa I, II y III, Chuijulimul, Xepol y el mismísimo Chupol), desde el año pasado, hay un punto de referencia que no tiene nada que ver con asaltos a buses, accidentes en la carretera, derrumbes o atropellados... ¿tanto cuesta?

domingo, 5 de febrero de 2012

México


En el nombre del hueso vulnerado
hecho cal a pedazos junto al polvo
en el nombre del ciego que resiste
la vecindad del sol desde su pozo

En el nombre del ángel de la crisis
de quienes desesperan encerrados
en el nombre del hambre pisoteada
del que perdió la pista de sus pasos

En el nombre del perro que se muere
al filo de tu sed áspera y fría
en el nombre del fuego en que reposa
tu cúpula de nieve malherida

En el nombre del árbol que reseco
recuerda sus cadáveres colgantes
en el nombre del grito carcomido

En el nombre del hombre del abismo
que de su corta piel crece y te cubre


Roque Dalton. El turno del ofendido.

sábado, 5 de febrero de 2011

La Milpa y el Paliacate...

Parte de ese aparecer de pronto, de ese tomar el camino y avanzar, fue ese día, esa tarde noche de palabras en el Tierra Adentro, acompañar a Juan y propiciar la lectura. Pero el texto fue este:

La Milpa y el paliacate

No te cansas de poner píe frente a píe y, el camino, cualquier camino, es el tuyo, el que iniciaste un día lejano, casi mítico. Del lugar de inicio queda tu voz que es mil voces y tu idioma, un abrazo y algún beso digno de rememorar. Ya en el destino del azar caminas por las calles y ves a los niños que juegan, dan la mano, intentan caminar, correr. A veces es fácil saber sí es alegría o tristeza su rostro o sus palabras. A veces es más difícil. Y de los adultos y sus pasiones poco podremos decir. Ellos no se reflejan, se ocultan o están tan a flor de piel que se abalanzan sobre ti y delatan tu propia imagen en sus rostros, tus miedos, tus añoranzas. Ver no es lo mismo que observar. Y volver sobre nuestros pasos para tratar de recordar lo visto, lo vivido, es destino sin destino. Paso a paso vas construyendo una memoria que, sin quererlo, puede ser tan sólo eso: imágenes que nada dicen del pasado, del presente que ya no vives. Y del futuro nada sabrás si no participas de su construcción.

A veces vuelves sobre tus pasos.

La presencia de esos rostros de tu memoria confunde tus idiomas, tus realidades, tus historias personales y colectivas, los sufrimientos, el silencio, los encuentros y desencuentros. Todo eso que hace posible tu presente se mezcla de forma aleatoria con los pasados remotos y cercanos.

Es imposible pasar por alto todo eso. A veces tomas partido hasta quedar marcado para siempre.

Escribir es, a veces y siempre, mostrar esa marca. Porque escribir puede ser compromiso con esos rostros y hacer propio el futuro que construyen. Las letras, enardecidas, reclaman su destino de belleza y verdad.

Las palabras de Manolo Pipas buscan esos rostros y sus voces. Tratan de distinguirlos, de hacerlos individuos, de reencontrarlos desde la mazorca que es vida, cultura y sustento, desde el camino que es palabras nuevas, alejarse y acercarse al mismo tiempo, desde los píes que se visten de piel, de dignidad descalza para jugar y para trabajar, desde el cafetal que es punto de encuentro, de llantos , cantos, risas, desde las luces del cerro que dan la bienvenida a la noche, desde los árboles que son cobijo y sombra de descanso en la caminata, desde los miles de sueños morenos, murallas de cuerpos y de mantas, desde la revuelta del nosotros, desde el poblado que se aferra a la ladera de la montaña, desde las manos que tejen y luchan, desde la trenza de dignidad y el rebozo maternal, desde las nubes en la sierra que deliran formas tan fugaces como es el presente, desde la resistencia de los pueblos que nada piden para ellos, desde la milpa y desde el paliacate.

Y así, el camino de Manolo va descubriendo la vida misma, su eterno aprendizaje y su eterno devenir en olvido. Ya en el camino decide si quiere correr o quedarse. Ver u observar. Destruir o construir. Y poco importa si el camino se convierte en metáfora de pájaros. Identificarse con el paso a paso del poeta es sencillo ahora porque busca eso mismo que antes y ahora mismo se sigue buscando. Como dice el escritor guatemalteco Otto René Castillo en “Arte Poética”:

Hermosa encuentra la vida

quien la construye hermosa.

Por eso amo en ti

lo que tú amas en mí:

la lucha por la construcción

hermosa de nuestro planeta.

La poesía, entonces, debe comprometerse pero no aceptar compromisos. Debe comprometerse con la palabra y con la vida pero no debe aceptar cosas que dirijan el lenguaje poético –insumiso por naturaleza- a caminos que ha trillado la indecisión. Será el futuro, así, de quien lo construya para ser vivido. La milpa y el paliacate son el recuerdo y el presente del observar una vida feliz y precaria, de la risa de los dragoncitos de papel, de lo que quisiéramos que siempre acompañara nuestro camino.

Edgar Quisquinay.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, enero de 2011.



Y eso... como sucede siempre... el camino continúa.