domingo, 29 de julio de 2012

Camino 31


Una noche de tantas, no hace muchos días, recorro el lugar donde se desarrolla el taller. La patojada hace ruido en muchas partes y derrama esos sentimientos y esas acciones ambíguas que sólo los jóvenes son capáces de dar al viento. Las anécdotas escuchadas durante tanto tiempo sobre ese lugar, sobre lo exclusivo que habría que ser para poder entrar y disfrutar sus comodidades. La piscina, el comedor, los espacios al aire libre, el acceso al lago de Amatitlán, dos muelles y el faro.
Pareciera que no tiene fines prácticos, es una construcción de concreto sobre un piedraplen. Se encuentra en muy mal estado de conservación y se nota que no ha tenido mantenimiento en mucho tiempo. Ahora sirve de rótulo que anuncia el nombre del centro de retiros que alberga el antes club social y casino. Si uno se acerca al faro puede ver las escaleras de metal que suben al barandal que rodea su cresta. Por dentro tiene un espacio que también cumple la misma función y es notorio que en algún momento tuvo una luz, un bombillo que giraba y hacia más convincente la existencia del artificio. Entonces, en El Morlón, hay un faro lacustre. Guillermo tiene una historia sangrienta sobre este lugar. Ojalá pueda ver esta nota y la foto y nos cuente qué fue lo que pasó.

viernes, 8 de junio de 2012

¿Quién salva?


De esa iglesia en la avenida Bolivar tengo el recuerdo, la anécdota: cada vez que se menciona esa construcción mi madre cuenta sobre su padrastro participando en la construcción de tal. 
Y ahí, en la Bolivar, entre las zonas 3 y 8 de la capital, sucede esa magia indómita que caracteriza a la occidentalización del pensamiento que aqueja a este país desde (siempre) hace siglos. 
Caminar por ahí significa recordar mil cosas, entender esa relación problemática que existe entre clases sociales en este país. No circularé la Bolivar si no es para huir del sur rumbo al norte o viceversa. O por la condena municipal de usar al Transmetro porque no circula otro bus por ahí. Y lo haré si quiero definir los verdaderos íconos de mi extracción de clase: los muebles, colchones, iglesias, casas musicales, vidrierías, ventas de telas, tiendas insignia, las dos iglesias salesianas, el mismísimo Trebol y la indefinida frontera con la Aguilar Batres definen un todo que pocos se atreven a reclamar como propio. Ahí creció el mundo, ahí circulo el sueño por el axis del desden, desde la tierra de los Petapa hasta las casas señoriales o los mercados del sur de la capital.
Ir y ver. ¿Quién se decide y nos salva?

jueves, 31 de mayo de 2012

Salto Temporal 27


Corríamos bajo la lluvia. José Daniel, Eduardo, Guillermo y yo. La segunda visita para tomar fotos se había pasado por agua. La logística ahora corría en nuestras manos y hacíamos muchas fotos por la libre, sin respetar la temática del mentado Foto30. Con los chunches al hombro y tratando que el equipo no se mojara nos refugiamos en el mercado, la intención en ese momento era entrar a la iglesia y hacer fotos de una campana que es monumento del municipio. Tomamos atol riéndonos de José Daniel por su exagerado prurito higiénico ante los vasos de vidrio repletos de arróz con leche. Al salir la lluvia ya era menos, quedaban las charcas en el concreto del parque y de las calles aledañas. El ruído del mercado empezaba a desvanecerse avasallado por el murmullo de los pasillos, por el rodar de los autos, por la sonora risa de las luces y los abandonos.
Jugando con los reflejos y con la necesidad de ganarle luz a la luz tomé esta foto. Ejercicio al fin, conjuro sobre la lejanía y sobre el recuerdo de llegar por ahí a media noche, del sobresalto de la soledad y de la carga de angustia que nada podía detener dentro de mi: era así el pasado. Eduardo y Guillermo se ríen de algo... llevan sobre sus hombros el equipo y piensan tomas, hacen planes, saborean las shecas de más tarde o el café que no nos negamos ni por broma. Salgo de la maroma del recuerdo hasta las calles mojadas, hasta un café cercano que nos depara más bromas. San Pedro nos vigila desde lo alto de la iglesia. Más allá, cerca pero más allá, queda la casa, San Marcos y más imágenes por venir.

¿Qué ves?

Busto de Miguel Ángel Asturias. 
Manolo Gallardo. CCMA.

Mientras pasan los días y se redacta la inexorable caida, los sueños se desprenden del cielo cual dosel de popelina. Las imágenes que he acumulado en tantos días no son nada más que reflejos de luces abandonando la memoria e instalándose en un resquicio del espacio que no me pertenece.
Miguel mira hacia alguna parte, creo que hacia el sur. Me he recordado de él ayer mientras recalaba en otras letras, incluso las propias, mientras le pasaba un trapo a un texto que verá luz el sábado lejos de aquí. Miguel el del nombre de arcángel, el que fijó su vista en un horizonte que le trajo réditos en todo sentido. Veo la estela que hace de lápida y vigila su descanso en Père Lachaise, me busco en las manos sus libros y sus penas. Tres Migueles son ahora parte de mi ser: Este, que domina nobelizado un panorama donde hemos querido matarlo, sacarlo para siempre de la influencia de nuestro pobre caminar por las letras. El otro, el de Orihuela, el niño yuntero, el que ofrece sus venas para que "nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada". Y el Miguel que se llama de otra manera y yace en las memorias colectivas y yace, también, en algún lugar del caluroso territorio de Zacapa.
Entre angelitos, raices, arañas, lagartijas, ratones y calaveras, florece el busto blanco que mira hacia... ¿hacia dónde?...

lunes, 2 de abril de 2012

Regreso (II)


La tarde no fue implacable. El frío que traía la imparable noche sí. Fue el rostro del pleno invierno el que vimos y tuvimos que esforzarnos para soportar las ráfagas de viento que subían del valle donde se asienta Quetzaltenango. El  entorno rocoso y casi agreste sólo nos da unos puntos de verde: pinos y algo de pajonal quemado por el clima adverso. Ahí encendimos un fuego y montamos una carpa. Hay, por cierto, unas fotos (que no son mías) donde aparecemos parados en el justo lugar donde la carpa estuvo, eso al día siguiente y, se nota el colchón de agujas de pino que fabricamos para hacer más vivible el montón de piedras donde se suponía dormiríamos esa noche. Miento a medias con lo de la carpa, porque apenas participé en su levantado, fueron Xiomara, Edgar y Giovanni quienes se encargaron de eso...  yo, como otras veces, me entretuve en la ruleta rusa de encender un fuego que apenas alimentaba con ramitas pequeñas. Luego Edgar y Giovanni se apiadan de mi y consiguen leña. La cena y la plática, muchos celulares encendidos (¡arrepiéntase pecadores!) y los momentos de ser y estar.


Llega la mañana. Edgar se había levantado muy temprano para ver el amanecer. Aunque yo supongo que lo hizo para estirar su larguirucho cuerpo de una noche en una carpa (otra noche de esas) donde no cabía. Al salir yo, hicimos una mini sesión de práctica con la cámara reflex digital que ahora me acompaña y logramos fotos bastante decentes jugando con las posibilidades que la cámara da. En la foto: Edgar y Giovanni. Todavía en la carpa dormía Xiomara.


Como cosa rara, en esta foto Giovanni no tiene los brazos levantados (pose característica que supongo viene de sus años oscuros). La erizada piedra donde se encuentra de píe oculta tanto como deja ver. Hay, todavía, muchas fotografías de esta salida y muchas historias que se contarán con la impertinente tardanza, el cuentagotas, que es mi memoria y mi tiempo. Ahora, tres meses después, hablo de un diciembre que ya parece lejano. De píe sobre un sueño estuvimos. Espero llenar los vacíos y poner otras fotos pronto.

sábado, 31 de marzo de 2012

¿Tanto cuesta?


Hace unos años, en este sectory como producto añejo del tiempo de lluvia en todo el país, desapareció un buen pedazo de la carretera. No sé de quién fue la idea, pero, para reparar el daño, decidieron no nada más reconstruirla sino hacer una especie de experimento que tuvo sus fallas y sus soluciones. Abrieron mas el agujero donde fue el deslave, aplanaron, levantaron el muro de contención, hicieron las cunetas del drenaje. Hasta ahí todo muy bien para el automovilista... pero al pasar por ahí, en un día cualquiera, se veía a los vecinos del poblado cercano subir y bajar por el drenaje para lograr cruzar la carretera. Siempre hizo falta una pasarela en ese punto... y parecía que, si la iban a construír, no lo harían ahí... 
Yo digo que es la más bonita e ingeniosa de la carretera a Occidente. 
Su punto central tendrá unos guapos diez metros de altura y basta para salvar la distancia y mantener sanos y salvos los huesos de todo mundo. ¿Tanto cuesta hacer algo útil y modestamente estético? No importa para quién lo hagas, dónde lo hagas o los recursos que tengas para hacerlo... ¿cuesta tanto hacerlo bonito? Puede que haya alguien a quien no le guste el bicho verde ese, o la solución dada al entuerto del derrumbe, puede que ni siquiera les guste pasar por este poblado enclavado entre Chimaltenango y Sololá pero jurisdicción de El Quiché, pero, para la gente de los poblados cercanos (Chiwexa I, II y III, Chuijulimul, Xepol y el mismísimo Chupol), desde el año pasado, hay un punto de referencia que no tiene nada que ver con asaltos a buses, accidentes en la carretera, derrumbes o atropellados... ¿tanto cuesta?

viernes, 23 de marzo de 2012

Regreso


Cada vez me parece más poderosa la metáfora del camino inexistente. Puede que a los demás no pero, en mi caso, hay cientos de razones para entender que eso no significa detenerse ante el río, la roca, el lago, el abismo... sino el estallido, el reto. Cada vez me cuesta más mantenerme en píe (literalmente), pero es casi una profesión de fe el salir y caminar para, de una vez por todas, llamar al destino y sentirme parte de ese todo que me brinda sonrisas y sueños.
En la foto, en alguna parte del Volcán Cerro Quemado, Almolonga, Quetzaltenango, de izquierda a derecha: Giovanni, Edgar, Xiomara y yo. Tomamos ruta hace ya unos meses. Queríamos cumplir una ruta nueva en ese volcán ya que varias veces lo hemos escalado pero por el lado de Llanos del Pinal (ruta que, por cierto, siempre nos dá problemas) y, esta vez, pretendíamos lograr cumbre por la ruta del Mar de Lava.
Primero: no conocíamos la ruta. Cosa que no es nueva en nuestro modu operandi, puesto que siempre hemos salido a ruta nueva apenas orientados por mapas o por una referencia que alguien nos ha dado.
Segundo: Ya teníamos tiempo de no salir a un volcán y acampar ahí. Subir con mochila de más de 30 libras significa un esfuerzo grande para el cual ya no estamos acostumbrados.
Tercero: Acampar es un juego de muchas facetas y esta vez nos mostró una cara amable. Le debemos a Edgar esa búsqueda de un lugar adecuado y, a pesar de dormir sobre una roca (o intentar dormir), descansamos muy bien.
No logramos cumbre esta vez... pero ya les contaré luego qué fue lo que pasó.