viernes, 8 de junio de 2012

¿Quién salva?


De esa iglesia en la avenida Bolivar tengo el recuerdo, la anécdota: cada vez que se menciona esa construcción mi madre cuenta sobre su padrastro participando en la construcción de tal. 
Y ahí, en la Bolivar, entre las zonas 3 y 8 de la capital, sucede esa magia indómita que caracteriza a la occidentalización del pensamiento que aqueja a este país desde (siempre) hace siglos. 
Caminar por ahí significa recordar mil cosas, entender esa relación problemática que existe entre clases sociales en este país. No circularé la Bolivar si no es para huir del sur rumbo al norte o viceversa. O por la condena municipal de usar al Transmetro porque no circula otro bus por ahí. Y lo haré si quiero definir los verdaderos íconos de mi extracción de clase: los muebles, colchones, iglesias, casas musicales, vidrierías, ventas de telas, tiendas insignia, las dos iglesias salesianas, el mismísimo Trebol y la indefinida frontera con la Aguilar Batres definen un todo que pocos se atreven a reclamar como propio. Ahí creció el mundo, ahí circulo el sueño por el axis del desden, desde la tierra de los Petapa hasta las casas señoriales o los mercados del sur de la capital.
Ir y ver. ¿Quién se decide y nos salva?

jueves, 31 de mayo de 2012

Salto Temporal 27


Corríamos bajo la lluvia. José Daniel, Eduardo, Guillermo y yo. La segunda visita para tomar fotos se había pasado por agua. La logística ahora corría en nuestras manos y hacíamos muchas fotos por la libre, sin respetar la temática del mentado Foto30. Con los chunches al hombro y tratando que el equipo no se mojara nos refugiamos en el mercado, la intención en ese momento era entrar a la iglesia y hacer fotos de una campana que es monumento del municipio. Tomamos atol riéndonos de José Daniel por su exagerado prurito higiénico ante los vasos de vidrio repletos de arróz con leche. Al salir la lluvia ya era menos, quedaban las charcas en el concreto del parque y de las calles aledañas. El ruído del mercado empezaba a desvanecerse avasallado por el murmullo de los pasillos, por el rodar de los autos, por la sonora risa de las luces y los abandonos.
Jugando con los reflejos y con la necesidad de ganarle luz a la luz tomé esta foto. Ejercicio al fin, conjuro sobre la lejanía y sobre el recuerdo de llegar por ahí a media noche, del sobresalto de la soledad y de la carga de angustia que nada podía detener dentro de mi: era así el pasado. Eduardo y Guillermo se ríen de algo... llevan sobre sus hombros el equipo y piensan tomas, hacen planes, saborean las shecas de más tarde o el café que no nos negamos ni por broma. Salgo de la maroma del recuerdo hasta las calles mojadas, hasta un café cercano que nos depara más bromas. San Pedro nos vigila desde lo alto de la iglesia. Más allá, cerca pero más allá, queda la casa, San Marcos y más imágenes por venir.

¿Qué ves?

Busto de Miguel Ángel Asturias. 
Manolo Gallardo. CCMA.

Mientras pasan los días y se redacta la inexorable caida, los sueños se desprenden del cielo cual dosel de popelina. Las imágenes que he acumulado en tantos días no son nada más que reflejos de luces abandonando la memoria e instalándose en un resquicio del espacio que no me pertenece.
Miguel mira hacia alguna parte, creo que hacia el sur. Me he recordado de él ayer mientras recalaba en otras letras, incluso las propias, mientras le pasaba un trapo a un texto que verá luz el sábado lejos de aquí. Miguel el del nombre de arcángel, el que fijó su vista en un horizonte que le trajo réditos en todo sentido. Veo la estela que hace de lápida y vigila su descanso en Père Lachaise, me busco en las manos sus libros y sus penas. Tres Migueles son ahora parte de mi ser: Este, que domina nobelizado un panorama donde hemos querido matarlo, sacarlo para siempre de la influencia de nuestro pobre caminar por las letras. El otro, el de Orihuela, el niño yuntero, el que ofrece sus venas para que "nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada". Y el Miguel que se llama de otra manera y yace en las memorias colectivas y yace, también, en algún lugar del caluroso territorio de Zacapa.
Entre angelitos, raices, arañas, lagartijas, ratones y calaveras, florece el busto blanco que mira hacia... ¿hacia dónde?...

lunes, 2 de abril de 2012

Regreso (II)


La tarde no fue implacable. El frío que traía la imparable noche sí. Fue el rostro del pleno invierno el que vimos y tuvimos que esforzarnos para soportar las ráfagas de viento que subían del valle donde se asienta Quetzaltenango. El  entorno rocoso y casi agreste sólo nos da unos puntos de verde: pinos y algo de pajonal quemado por el clima adverso. Ahí encendimos un fuego y montamos una carpa. Hay, por cierto, unas fotos (que no son mías) donde aparecemos parados en el justo lugar donde la carpa estuvo, eso al día siguiente y, se nota el colchón de agujas de pino que fabricamos para hacer más vivible el montón de piedras donde se suponía dormiríamos esa noche. Miento a medias con lo de la carpa, porque apenas participé en su levantado, fueron Xiomara, Edgar y Giovanni quienes se encargaron de eso...  yo, como otras veces, me entretuve en la ruleta rusa de encender un fuego que apenas alimentaba con ramitas pequeñas. Luego Edgar y Giovanni se apiadan de mi y consiguen leña. La cena y la plática, muchos celulares encendidos (¡arrepiéntase pecadores!) y los momentos de ser y estar.


Llega la mañana. Edgar se había levantado muy temprano para ver el amanecer. Aunque yo supongo que lo hizo para estirar su larguirucho cuerpo de una noche en una carpa (otra noche de esas) donde no cabía. Al salir yo, hicimos una mini sesión de práctica con la cámara reflex digital que ahora me acompaña y logramos fotos bastante decentes jugando con las posibilidades que la cámara da. En la foto: Edgar y Giovanni. Todavía en la carpa dormía Xiomara.


Como cosa rara, en esta foto Giovanni no tiene los brazos levantados (pose característica que supongo viene de sus años oscuros). La erizada piedra donde se encuentra de píe oculta tanto como deja ver. Hay, todavía, muchas fotografías de esta salida y muchas historias que se contarán con la impertinente tardanza, el cuentagotas, que es mi memoria y mi tiempo. Ahora, tres meses después, hablo de un diciembre que ya parece lejano. De píe sobre un sueño estuvimos. Espero llenar los vacíos y poner otras fotos pronto.

sábado, 31 de marzo de 2012

¿Tanto cuesta?


Hace unos años, en este sectory como producto añejo del tiempo de lluvia en todo el país, desapareció un buen pedazo de la carretera. No sé de quién fue la idea, pero, para reparar el daño, decidieron no nada más reconstruirla sino hacer una especie de experimento que tuvo sus fallas y sus soluciones. Abrieron mas el agujero donde fue el deslave, aplanaron, levantaron el muro de contención, hicieron las cunetas del drenaje. Hasta ahí todo muy bien para el automovilista... pero al pasar por ahí, en un día cualquiera, se veía a los vecinos del poblado cercano subir y bajar por el drenaje para lograr cruzar la carretera. Siempre hizo falta una pasarela en ese punto... y parecía que, si la iban a construír, no lo harían ahí... 
Yo digo que es la más bonita e ingeniosa de la carretera a Occidente. 
Su punto central tendrá unos guapos diez metros de altura y basta para salvar la distancia y mantener sanos y salvos los huesos de todo mundo. ¿Tanto cuesta hacer algo útil y modestamente estético? No importa para quién lo hagas, dónde lo hagas o los recursos que tengas para hacerlo... ¿cuesta tanto hacerlo bonito? Puede que haya alguien a quien no le guste el bicho verde ese, o la solución dada al entuerto del derrumbe, puede que ni siquiera les guste pasar por este poblado enclavado entre Chimaltenango y Sololá pero jurisdicción de El Quiché, pero, para la gente de los poblados cercanos (Chiwexa I, II y III, Chuijulimul, Xepol y el mismísimo Chupol), desde el año pasado, hay un punto de referencia que no tiene nada que ver con asaltos a buses, accidentes en la carretera, derrumbes o atropellados... ¿tanto cuesta?

viernes, 23 de marzo de 2012

Regreso


Cada vez me parece más poderosa la metáfora del camino inexistente. Puede que a los demás no pero, en mi caso, hay cientos de razones para entender que eso no significa detenerse ante el río, la roca, el lago, el abismo... sino el estallido, el reto. Cada vez me cuesta más mantenerme en píe (literalmente), pero es casi una profesión de fe el salir y caminar para, de una vez por todas, llamar al destino y sentirme parte de ese todo que me brinda sonrisas y sueños.
En la foto, en alguna parte del Volcán Cerro Quemado, Almolonga, Quetzaltenango, de izquierda a derecha: Giovanni, Edgar, Xiomara y yo. Tomamos ruta hace ya unos meses. Queríamos cumplir una ruta nueva en ese volcán ya que varias veces lo hemos escalado pero por el lado de Llanos del Pinal (ruta que, por cierto, siempre nos dá problemas) y, esta vez, pretendíamos lograr cumbre por la ruta del Mar de Lava.
Primero: no conocíamos la ruta. Cosa que no es nueva en nuestro modu operandi, puesto que siempre hemos salido a ruta nueva apenas orientados por mapas o por una referencia que alguien nos ha dado.
Segundo: Ya teníamos tiempo de no salir a un volcán y acampar ahí. Subir con mochila de más de 30 libras significa un esfuerzo grande para el cual ya no estamos acostumbrados.
Tercero: Acampar es un juego de muchas facetas y esta vez nos mostró una cara amable. Le debemos a Edgar esa búsqueda de un lugar adecuado y, a pesar de dormir sobre una roca (o intentar dormir), descansamos muy bien.
No logramos cumbre esta vez... pero ya les contaré luego qué fue lo que pasó.

martes, 7 de febrero de 2012

Sofía


Vamos por lo menos una vez al año. La Concordia es un punto obligatorio en nuestros itinerarios y siempre estamos pensando en cómo mejorar la casa o en la cosecha. Esta vez la visita coincidió con la tapisca y tuvo, como principal motivo, la construcción de la caseta de la letrina. A diferencia de otros años cuando eramos un grupo grande cargado de cerveza o de vino que llegaba a pasar la noche nada más, esta vez llegamos de día y eramos dos nada más: Giovanni y quien estas letras escribe (Guillermo se unió a nosotros hasta la noche del segundo día, fuimos a buscarlo a Cuatro Caminos, ya que él ahora vive en San Marcos y ese día se encontraba a caballo entre Totonicapán y Xela). El primer día fuimos recibidos por ese montón de niños y niñas que son parte de la familia que vive alrrededor de la casa. Especial mención tendrá Sofía.

En la foto, al segundo día, el de la tapisca, ella es la única que mira hacia la cámara. Antonieta, rodeada de niños y niñas, selecciona la semilla, quita la tuza y agrupa las mazorcas que serán consumidas en cuanto terminen de secarse. Sofía había estado rondando todo el rato por ahí: le interesaba más la bulla que hacíamos con los martillos construyendo la letrina que la silenciosa labor de Antonieta. Ya un día antes Sofía se pegaba a nosotros y miraba cómo Giovanni se encaramaba al techo de la casa de la tía María para reparar el cable de electricidad cortado. Me di cuenta de la manera que ponía atención a la maniobra y decidí tirar frases para disuadirla de repetir -en nuestra ausencia- la escalada a las frágiles láminas del techo. Hay que anotar que ella sólo tiene 5 años y que su viveza es arrolladora. Entonces, dije "cuidado Giovanni, si no te fijás te vas a caér y si te caes es tu culpa, quién te manda a subirte ahí". Sofía sonrió. Giovanni empezó a bajar por la escalera y ella dijo, como quién sentecia que entendió la indirecta: "Giovanni viene bajando, si se cae ¡culpa de él!".

Mi cabello largo fue otro distractor. Los hijos varones de Chepe eran los más curiosos o los más dados a hacer la pregunta con ánimo confrontativo. Puesto que soy peludo desde hace más de 14 años ya es difícil que me cale lo que me digan, es más, para lo que me digas ya tengo respuesta ensayada: ya lo he oído todo. En fin. Sofía, menos dada a la malicia de tirar chinitas, pregunta sobre el pelo acicateada por la presencia de sus primos:
-¿Por qué tenés el pelo largo? -inquiere.
- Por que me gusta tenerlo largo -es mi respuesta, la más fácil de todas.
- Sólo las mujeres tienen el pelo largo, los hombres no ¿sos mujer? -es sentenciosa.
- No, soy hombre, pero tengo el pelo largo -me escabullo, otra vez, por la lógica cercana.
- A mi me hubiera gustado ser hombre -dice, lo lanza como granada en trinchera y provoca miradas que buscan una respuesta.
- ¿Por qué? -la curiosidad aumenta.
- ¡Cómo duele cuando mi mamá me peina!