martes, 7 de febrero de 2012

Sofía


Vamos por lo menos una vez al año. La Concordia es un punto obligatorio en nuestros itinerarios y siempre estamos pensando en cómo mejorar la casa o en la cosecha. Esta vez la visita coincidió con la tapisca y tuvo, como principal motivo, la construcción de la caseta de la letrina. A diferencia de otros años cuando eramos un grupo grande cargado de cerveza o de vino que llegaba a pasar la noche nada más, esta vez llegamos de día y eramos dos nada más: Giovanni y quien estas letras escribe (Guillermo se unió a nosotros hasta la noche del segundo día, fuimos a buscarlo a Cuatro Caminos, ya que él ahora vive en San Marcos y ese día se encontraba a caballo entre Totonicapán y Xela). El primer día fuimos recibidos por ese montón de niños y niñas que son parte de la familia que vive alrrededor de la casa. Especial mención tendrá Sofía.

En la foto, al segundo día, el de la tapisca, ella es la única que mira hacia la cámara. Antonieta, rodeada de niños y niñas, selecciona la semilla, quita la tuza y agrupa las mazorcas que serán consumidas en cuanto terminen de secarse. Sofía había estado rondando todo el rato por ahí: le interesaba más la bulla que hacíamos con los martillos construyendo la letrina que la silenciosa labor de Antonieta. Ya un día antes Sofía se pegaba a nosotros y miraba cómo Giovanni se encaramaba al techo de la casa de la tía María para reparar el cable de electricidad cortado. Me di cuenta de la manera que ponía atención a la maniobra y decidí tirar frases para disuadirla de repetir -en nuestra ausencia- la escalada a las frágiles láminas del techo. Hay que anotar que ella sólo tiene 5 años y que su viveza es arrolladora. Entonces, dije "cuidado Giovanni, si no te fijás te vas a caér y si te caes es tu culpa, quién te manda a subirte ahí". Sofía sonrió. Giovanni empezó a bajar por la escalera y ella dijo, como quién sentecia que entendió la indirecta: "Giovanni viene bajando, si se cae ¡culpa de él!".

Mi cabello largo fue otro distractor. Los hijos varones de Chepe eran los más curiosos o los más dados a hacer la pregunta con ánimo confrontativo. Puesto que soy peludo desde hace más de 14 años ya es difícil que me cale lo que me digan, es más, para lo que me digas ya tengo respuesta ensayada: ya lo he oído todo. En fin. Sofía, menos dada a la malicia de tirar chinitas, pregunta sobre el pelo acicateada por la presencia de sus primos:
-¿Por qué tenés el pelo largo? -inquiere.
- Por que me gusta tenerlo largo -es mi respuesta, la más fácil de todas.
- Sólo las mujeres tienen el pelo largo, los hombres no ¿sos mujer? -es sentenciosa.
- No, soy hombre, pero tengo el pelo largo -me escabullo, otra vez, por la lógica cercana.
- A mi me hubiera gustado ser hombre -dice, lo lanza como granada en trinchera y provoca miradas que buscan una respuesta.
- ¿Por qué? -la curiosidad aumenta.
- ¡Cómo duele cuando mi mamá me peina!

domingo, 5 de febrero de 2012

México


En el nombre del hueso vulnerado
hecho cal a pedazos junto al polvo
en el nombre del ciego que resiste
la vecindad del sol desde su pozo

En el nombre del ángel de la crisis
de quienes desesperan encerrados
en el nombre del hambre pisoteada
del que perdió la pista de sus pasos

En el nombre del perro que se muere
al filo de tu sed áspera y fría
en el nombre del fuego en que reposa
tu cúpula de nieve malherida

En el nombre del árbol que reseco
recuerda sus cadáveres colgantes
en el nombre del grito carcomido

En el nombre del hombre del abismo
que de su corta piel crece y te cubre


Roque Dalton. El turno del ofendido.

viernes, 3 de febrero de 2012

Not a road trip

Los primeros días fue difícil. No hay modo de entrarle a un tema desde una perspectiva que no es totalmente la propia. Teníamos la camisa de fuerza del texto que había ganado no sé cuál concurso y que describía -desde una visión bastante optimista- el contexto al que debíamos enfrentarnos. Hablar sobre violencia colectiva a niños y jóvenes no es complicado: es, en parte, un juego de esos de verdades evidentes, de nada más poner en palabras eso que ellos y ellas viven a diario y pasan por alto o, en la mayoría de los casos, reproducen en su diario vivir sin siquiera molestarse en entenderlo. Con el paso del tiempo trabajando juntos logramos encontrar un punto en común, algo que, creíamos, podía funcionar.
En la foto: Anita, María, Pancho y Denis. El grupo de teatro improvisado en unas semanas de trabajo y que, desde el lenguaje de lo lúdico, probamos decir algo distinto sobre los linchamientos, la justicia y tantas cosas más que están ligadas a eso. Sentados en la plaza de San Pedro Jocopilas, El Quiché, luego de una presentación de teatro-arena, en esa misma plaza, nos dábamos tiempo para comer algo y para hablar y hablar sobre lo hecho bien y lo hecho mal. Sobre todo hablábamos del abordaje del tema y de cuánto más corto o largo debía ser el montaje. Tocaba solucionar sobre la marcha el uso de la silueta, el punto donde se colocaba el teatrino del títere, la densidad de las palabras de la abuela, el tono irónico o cínico de sus interlocutores.
Grababan en video mientras nosotros actuábamos. Hasta el día de hoy no tengo idea de cómo quedó ese material. Terminamos la maratónica serie de presentaciones una tarde cansada en una escuela semi cerrada, en un patio que apenas brindaba sombra a los espectadores. Luego de eso nos perdimos en la carrera de pensar el regreso. Pasamos a Chichicastenango y luego de vuelta a Guate. El grupo se desintegró y, seguramente, no volverá a juntarse más.
¿Qué queda de esos días? No sé. ¿Las sonrisas compartidas? Tal vez, nada más, el camino y sus curvas.

jueves, 2 de febrero de 2012

Brigadas II

Ese mes de junio andaba entre arena y lluvia. La erupción del volcán de Pacaya ese 27 de mayo y el golpe que la tormenta Agatha pegó a las zonas más humildes de la capital (entre otros sectores del país), pusieron un nivel de alerta que nos llevó a asumir tareas que conocíamos. Fibrilar: esa era la forma de actuar. Recolectar insumos en donde fuera y como fuera para llevarlos a los lugares donde se albergaban familias que habían sido evacuadas de sus casas. ¿Qué llevábamos? Pues no gran cosa. Nos concentramos en atender las necesidades de familias con niñas y niños. Fue cada vez más evidente la falta de atención a niños en condición de albergue, junto con la atención de necesidades específicas de las mujeres que se encuentran, también, en esa condición.
Pañales y toallas sanitarias: era el cargamento que iba con nosotros, además de una bolsa con dulces, un repentino pastel, las narices rojas, los hula hula, unas pelotas de plástico y, tal vez, juguetes.
En la foto: Pancho, Sol, Churu, Andrea, Fer y Fili. Ellos, junto a JuanVa, Leisy y los compañeros G10, eramos la brigada de hule, la que a veces crecía, la que siempre era muy pequeña y triste a pesar de saltar, cantar, reír, correr entre niños que también saltaban, cantaban, reían. ¿El lugar donde se tomó la foto? Algún punto de la zona 18 de la capital. La lluvia siguió por unas semanas más: con forme pasó el tiempo, y de pronto, todos querían ser parte de la brigada. Algo hicimos bien, algo hicimos mal. Ya el tiempo lo dirá.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Salto Temporal 26

Del templo al fondo de la tierra: San Cayetano resguarda el tiro en desuso de la mina. Si vas sesenticinco metros bajo tierra recordarás el calor, la sensación extraña de usar el casco de seguridad, los escalones estrechos y los maniquíes que aparecen en algunos puntos del descenso, algunos -incluso- debajo de piedras, simulando el temor sempiterno de los antiguos trabajadores de esos túneles: morir aplastados.
La bocamina de San Cayetano está en Guanajuato, es parte del complejo de minas de La Valenciana. De ella se extraía oro y plata para nutrir las arcas del Virreinato y de la Corona Española. La extracción de esos minerales también dio la posibilidad de construír la iglesia de San Cayetano que pronto, tal vez, sea motivo de otro post.
Para el momento de la visita a este lugar ya sólo andaba con Paola. Los cuarenta y tantos kilómetros a León quedaban a nuestras espaldas al igual que la conferencia mundial. Visitar Guanajuato tiene su gracia cuando lo haces sin pensar en dónde estás. Ahí la dicha de quien camina sin pensar en el destino. Oficio de no tener mañana.