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viernes, 17 de agosto de 2012

Equipo pesado


Esperando su turno para apisonar el terraplen o el camino de entrada. Este tipo de equipo pesado ha sido, para mi, una especie de obsesión que dura desde hace mucho tiempo. Ver el ir y venir de esos enormes bichos, respetar y admirar el poder que lucen y representan aun y cuando estén en ese reposo de cada tarde o de falta de alimento. Recuerdo subir a un cayuco con motor en el Canal de Chiquimulilla, entrar al río Achiguate y cruzarlo de lado a lado para acercarse al sitio donde la maquina trabaja haciendo una borda que desvíe un tanto el paso del río hacia la comunidad. En el cayuco, con nosotros, va un turumbo azul que contiene la gasolina que hará funcionar el monstruo por unas horas más. Los insectos zumban y se escuchan entre el escándalo del motor; la pala de la retroexcavadora aparece de manera rítmica sobre el túmulo de tierra y arena que ella misma construye.
Al borde de la carretera rumbo al norte se ven trabajando.Amarillas o verdes. Multifunción. La que aparece en la foto trabaja duro en Cahabón. El lodo, ese mismo de las llantas, sigue en mis zapatos.

domingo, 29 de julio de 2012

Camino 31


Una noche de tantas, no hace muchos días, recorro el lugar donde se desarrolla el taller. La patojada hace ruido en muchas partes y derrama esos sentimientos y esas acciones ambíguas que sólo los jóvenes son capáces de dar al viento. Las anécdotas escuchadas durante tanto tiempo sobre ese lugar, sobre lo exclusivo que habría que ser para poder entrar y disfrutar sus comodidades. La piscina, el comedor, los espacios al aire libre, el acceso al lago de Amatitlán, dos muelles y el faro.
Pareciera que no tiene fines prácticos, es una construcción de concreto sobre un piedraplen. Se encuentra en muy mal estado de conservación y se nota que no ha tenido mantenimiento en mucho tiempo. Ahora sirve de rótulo que anuncia el nombre del centro de retiros que alberga el antes club social y casino. Si uno se acerca al faro puede ver las escaleras de metal que suben al barandal que rodea su cresta. Por dentro tiene un espacio que también cumple la misma función y es notorio que en algún momento tuvo una luz, un bombillo que giraba y hacia más convincente la existencia del artificio. Entonces, en El Morlón, hay un faro lacustre. Guillermo tiene una historia sangrienta sobre este lugar. Ojalá pueda ver esta nota y la foto y nos cuente qué fue lo que pasó.

viernes, 8 de junio de 2012

¿Quién salva?


De esa iglesia en la avenida Bolivar tengo el recuerdo, la anécdota: cada vez que se menciona esa construcción mi madre cuenta sobre su padrastro participando en la construcción de tal. 
Y ahí, en la Bolivar, entre las zonas 3 y 8 de la capital, sucede esa magia indómita que caracteriza a la occidentalización del pensamiento que aqueja a este país desde (siempre) hace siglos. 
Caminar por ahí significa recordar mil cosas, entender esa relación problemática que existe entre clases sociales en este país. No circularé la Bolivar si no es para huir del sur rumbo al norte o viceversa. O por la condena municipal de usar al Transmetro porque no circula otro bus por ahí. Y lo haré si quiero definir los verdaderos íconos de mi extracción de clase: los muebles, colchones, iglesias, casas musicales, vidrierías, ventas de telas, tiendas insignia, las dos iglesias salesianas, el mismísimo Trebol y la indefinida frontera con la Aguilar Batres definen un todo que pocos se atreven a reclamar como propio. Ahí creció el mundo, ahí circulo el sueño por el axis del desden, desde la tierra de los Petapa hasta las casas señoriales o los mercados del sur de la capital.
Ir y ver. ¿Quién se decide y nos salva?

viernes, 3 de febrero de 2012

Not a road trip

Los primeros días fue difícil. No hay modo de entrarle a un tema desde una perspectiva que no es totalmente la propia. Teníamos la camisa de fuerza del texto que había ganado no sé cuál concurso y que describía -desde una visión bastante optimista- el contexto al que debíamos enfrentarnos. Hablar sobre violencia colectiva a niños y jóvenes no es complicado: es, en parte, un juego de esos de verdades evidentes, de nada más poner en palabras eso que ellos y ellas viven a diario y pasan por alto o, en la mayoría de los casos, reproducen en su diario vivir sin siquiera molestarse en entenderlo. Con el paso del tiempo trabajando juntos logramos encontrar un punto en común, algo que, creíamos, podía funcionar.
En la foto: Anita, María, Pancho y Denis. El grupo de teatro improvisado en unas semanas de trabajo y que, desde el lenguaje de lo lúdico, probamos decir algo distinto sobre los linchamientos, la justicia y tantas cosas más que están ligadas a eso. Sentados en la plaza de San Pedro Jocopilas, El Quiché, luego de una presentación de teatro-arena, en esa misma plaza, nos dábamos tiempo para comer algo y para hablar y hablar sobre lo hecho bien y lo hecho mal. Sobre todo hablábamos del abordaje del tema y de cuánto más corto o largo debía ser el montaje. Tocaba solucionar sobre la marcha el uso de la silueta, el punto donde se colocaba el teatrino del títere, la densidad de las palabras de la abuela, el tono irónico o cínico de sus interlocutores.
Grababan en video mientras nosotros actuábamos. Hasta el día de hoy no tengo idea de cómo quedó ese material. Terminamos la maratónica serie de presentaciones una tarde cansada en una escuela semi cerrada, en un patio que apenas brindaba sombra a los espectadores. Luego de eso nos perdimos en la carrera de pensar el regreso. Pasamos a Chichicastenango y luego de vuelta a Guate. El grupo se desintegró y, seguramente, no volverá a juntarse más.
¿Qué queda de esos días? No sé. ¿Las sonrisas compartidas? Tal vez, nada más, el camino y sus curvas.

jueves, 2 de febrero de 2012

Brigadas II

Ese mes de junio andaba entre arena y lluvia. La erupción del volcán de Pacaya ese 27 de mayo y el golpe que la tormenta Agatha pegó a las zonas más humildes de la capital (entre otros sectores del país), pusieron un nivel de alerta que nos llevó a asumir tareas que conocíamos. Fibrilar: esa era la forma de actuar. Recolectar insumos en donde fuera y como fuera para llevarlos a los lugares donde se albergaban familias que habían sido evacuadas de sus casas. ¿Qué llevábamos? Pues no gran cosa. Nos concentramos en atender las necesidades de familias con niñas y niños. Fue cada vez más evidente la falta de atención a niños en condición de albergue, junto con la atención de necesidades específicas de las mujeres que se encuentran, también, en esa condición.
Pañales y toallas sanitarias: era el cargamento que iba con nosotros, además de una bolsa con dulces, un repentino pastel, las narices rojas, los hula hula, unas pelotas de plástico y, tal vez, juguetes.
En la foto: Pancho, Sol, Churu, Andrea, Fer y Fili. Ellos, junto a JuanVa, Leisy y los compañeros G10, eramos la brigada de hule, la que a veces crecía, la que siempre era muy pequeña y triste a pesar de saltar, cantar, reír, correr entre niños que también saltaban, cantaban, reían. ¿El lugar donde se tomó la foto? Algún punto de la zona 18 de la capital. La lluvia siguió por unas semanas más: con forme pasó el tiempo, y de pronto, todos querían ser parte de la brigada. Algo hicimos bien, algo hicimos mal. Ya el tiempo lo dirá.

viernes, 5 de noviembre de 2010

No quería ese sello en mi pasaporte...

Abordar un avión y otro y otro... La ruta de vuelta de Salvador Bahía contaba con escalas en Sao Paulo y Panamá. De este último debíamos llegar a Guatemala en una noche marcada en el calendario como 27 de mayo. Pero las cosas no fueron tan sencillas... en fin. Salimos de Panamá a la hora indicada, faltaba poco para llegar a Guatemala cuando avisaron desde la cabina del avión que era imposible aterrizar en La Aurora, aeropuerto principal de Guatemala. El motivo: el Volcán de Pacaya tenía una fuerte erupción y había dejado a la capital bajo un buen número de centímetros de ceniza y arena... sobrevolamos El Salvador durante un buen rato tratando de aterrizar ahí... sin éxito... Entonces volamos hacia San Pedro Sula en Honduras y ahí ni siquiera salimos del avión. Recargaron combustible y nos llevaron de vuelta a Panamá, sin consulta y entre un enorme descontento y cansancio... varados en Panamá no quedó otra que dormir y esperar. Gracias a los buenos servicios de la gente de UNFPA logramos cambiar de hotel y negociar un vuelo a El Salvador... Pasamos un día en Panamá y luego volamos a San Salvador, al día siguiente subimos a un bus y entramos a Guatemala por tierra...
Encontramos la capital con arena por todos lados, la tormenta tropical Ágatha golpeó al país unos días después. De ahí a las brigadas y al desconcierto.

Brigadas

Regresé de Brasil con el aire lluvioso en mi espalda. Encontré a mis compañeros de trabajo haciendo lo que tanto tiempo hicimos: atender emergencias.
No basta decirlo, hay que estar ahí y ver las condiciones de los albergues, el olvido y las buenas intenciones. Los niños y niñas sufrieron a Ágatha y la erupción del Volcán de Pacaya con la actitud que se espera de ellos: con desesperación, llanto, aburrimiento.
Apenas armados con cosas que, casi podemos decir, robamos o juntamos por la buena voluntad de las y los voluntarios, decidieron los compañeros formar una brigada que se iba a dedicar solamente a Niños y Niñas en situación de Albergue (hubo un momento de nombre rimbombante y decíamos que hacíamos "atención psicosocial" eh...). Fueron días de alegrías y tristezas, de mucho trabajo y malentendidos.
En la foto estoy junto a Checho, estrenando el recién inventado Rally de los Hulla hulla. Dejamos la muestra para que después los niños se hicieran uno con la ruta y sonrieran de una vez y por todas. En nuestro caso, sonreír era algo cercano, pero difícil avistar.